20 de enero 2009 - 00:00

Nuevas armas para lucha de inseguridad

La liberación en Colombia de los secuestrados por las FARC puede tomarse como ejemplo de la lucha contra la delincuencia organizada, sea ésta del narcotráfico, de los asaltos a bancos, de automotores, etcétera. La infiltración y el uso de tecnología moderna deben ser las herramientas básicas de la lucha contra la delincuencia. Infiltrar una organización es destruirla por dentro, conociendo todos sus movimientos para atacarlos desde sus entrañas y finalmente aniquilarlos. La tecnología tiene actualmente infinidad de recursos para combatir el delito, acompañada por el incentivo monetario a los «soplones», más conocidos como «batidores» en la jerga porteña, que potencian un accionar de eficientes resultados. El lector podrá preguntarse: ¿por qué no se aplican estos recursos en contra de la delincuencia en la Argentina? La primera respuesta es que debe haber una decisión política de alcance nacional, combinada con la acción de una Dirección Nacional de Investigaciones, con acuerdo de los poderes judiciales nacionales y provinciales, que acepten al «infiltrado» como una verdadera arma de lucha, permitiéndole «deslices menores» para llegar al objetivo final que es descubrir los verdaderos responsables de la actividad delictiva y asimismo destruir a los autores, cómplices, encubridores sean éstos fuentes de financiamiento, reducidores, etcétera. El uso del dinero para pagar a los delatores no debe asustar a nadie. Por el contrario, el reclutamiento de estos individuos debería darse en todos los frentes posibles, dando y quitando y pagando por «resultado», es decir, incentivando la actividad que posibilite el franco enfrentamiento con el delito y sus consecuencias. Las cárceles, los asentamientos marginales, los locales nocturnos, los choferes de remises y taxis, etc., son posibles lugares de reclutamiento de estos «colaboradores» de la Justicia. ¿Cómo cree el lector que se desarticuló la mafia norteamericana o, sin ir más lejos, las guerrillas armadas argentinas y latinoamericanas? Fueron con estos elementos infiltrados, acompañados de tecnología. Ejemplo actual son los GPS con micrófonos instalados en los 70.000 taxis en Pekín o las cámaras digitales instaladas en Londres, Sydney o Nueva York. El otro factor importante es la creación de un Centro Nacional de Informaciones Delictivas, que coordine las operaciones y ataque en el terreno que sea necesario, siempre con la activa participación judicial, con los códigos de procedimientos y el Código Penal en la mano. La figura del «hombre encubierto» debe ser patrióticamente respetada y valorada, cubriéndolo eventualmente (a él o ella y su familia) de la posibilidad de ser descubierto y salvaguardar su identidad y sus vidas.
Los principios de la «contrainteligencia» deben ser aplicados para crear la «contradelincuencia», y llegar al objetivo final que es controlar eficientemente el delito organizado, como hicieron EE.UU. y ahora Colombia. Los fondos reservados de los servicios de inteligencia son fiscalizados en la Argentina sin delatar a quienes lo reciben. ¿Por qué entonces no aplicarlos a combatir implacablemente al delincuente? Son importantes un patrullero, una moto o un agente de policía en la calle, pero también el uso de la contrainteligencia combinada con el accionar policial. ¿Imaginamos hoy esta estrategia en la provincia de Buenos Aires? Ni por casualidad. Por ahora, sólo vemos actos de buena voluntad acompañados de justificativos -comprensibles o no-, actuando sobre la consecuencia y no sobre la prevención.

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