24 de diciembre 2012 - 00:00

Pedro y el primer regalo de Navidad

Para el psicoanálisis, en la comunicación a través de la palabra es trascendente la resignificación del discurso. Se aparta de la teoría clásica de que un emisor transmite un mensaje que es recibido por el receptor, para establecer que quien recibe el discurso le da su propia carga de sentido y no la persona que lo emite. De ese modo, la palabra es alojada e interpretada según el criterio del destinatario. Si bien es complejo explicar cómo ocurre esta operación en la clínica y en situación de análisis, este postulado nos permite valorar situaciones cotidianas desde una mirada diferente.

Como conté alguna vez en esta columna, Pedro Palomar llegó a Buenos Aires a los seis años, de la mano de su madre, en uno de los trenes abarrotados de personas que llegaban a Retiro, por la gran inundación que había ocurrido en Barranqueras, Chaco. En el tumulto, se pierde en la estación, sólo hablaba guaraní, se convierte en uno de los primeros chicos de la calle de Buenos Aires que sobreviven en los subsuelos del Mercado del Abasto y vuelve a ver a su madre ocho años después.

Aquella tarde en Retiro, luego de soltarse de la mano de su madre, un policía lo tomó fuerte del brazo; se asustó, logró zafarse y empezó a correr. Bajó por las escaleras del subte, se tiró a las vías y corrió descalzo hacia la luz que veía adelante. Salió en Plaza San Martín. Aprender el idioma y apropiarse de lo ajeno fueron sus necesidades imperantes para sobrevivir.

Durante años, en las noches de encierro, Pedro conjeturó, de manera maníaca, sobre aquella escena. Por qué se soltó de la mano de su madre, por qué ella no lo pudo sostener, por qué fue tan violento el encuentro con aquel policía, por qué no pudo ser todo de otro modo. A su madre, que lo acompañó por todos los lugares que lo alojaron, supo comprenderla. Ella hizo lo que pudo.

Una noche, sentado en un banco de madera de plaza Once, Pedro estaba solo y se le acerca un policía, que le pregunta si realmente estaba solo. Le dice que sí. ¿Con quién vas a pasar la noche? Solo, le contesta, levantando los hombros. ¿No querés venir con nosotros a pasarla en la comisaría? No, contestó desconfiado. ¿Sabés que esta noche es Navidad? No. ¿Te gustaría algo como regalo de Navidad?, le preguntó el oficial. La radio de aquella vidriera, dijo Pedro, y señaló un negocio de la vereda de enfrente de la avenida Rivadavia. Ah, dijo el policía, cada uno hace lo que puede, yo me voy para allá y soy sordo, vos hacé lo que puedas. Pedro tenía nueve años.

He tenido largas charlas con Pedro en las que recorrimos pasajes de su historia y sus reflexiones, sin un atisbo de resentimiento; son notables por la profundidad que ha logrado en el análisis de los acontecimientos trascendentes de su vida. A ambas anécdotas las llama del mal y del buen policía, donde los valores convencionales se invierten en su subjetividad.

El error de considerar una buena acción la del policía de la estación, y, por el contrario, una mala acción al de la plaza, sería caer en el lugar común de la moral convencional. Lo importante en la subjetividad de la persona es cómo esas acciones fueron resignificadas. La primera, sin la palabra, sin gestos, sólo la firmeza de una mano, fue vivida de manera trágica, dramática, persecutoria. En cambio, en la segunda, fue a través de la palabra que Pedro pudo sentir que alguien reparaba en él, que alguien lo miraba, lo alojaba, lo trataba como al niño que era.

Aquella radio fue su primer regalo de Navidad.



(*) Abogado, psicólogo social, defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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