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Penurias, desasosiego y optimismo de los cubanos ante la inédita apertura
Curioso, pero la consigna raulista del ahorro hace rato que existe en Cuba: el principal ingreso del país son los u$s 1.000 millones anuales que llegan en concepto de remesas, ahorrados sí, pero por parientes y amigos en el extranjero. Algo que alivia poco: de acuerdo con la CEPAL, en 2010, la economía cubana creció el 1,9%, muy por debajo del promedio del 6% que tuvo Latinoamérica. Aunque el Gobierno argumenta que entre 1998 y 2008 16 huracanes dejaron pérdidas por u$s 20.500 millones, lo cierto es que las cuentas del «vivir con lo nuestro» y la sensible merma en la ayuda financiera proveniente de Venezuela (con Hugo Chávez de capa caída y con sus propios problemas económicos) llevaron a que hace dos años Cuba suspendiese el pago de deudas en divisas, congelase las cuentas bancarias de empresas extranjeras y buscase constreñir gastos.
Acostumbramiento
No trajo alivio, sin embargo, a la situación del cubano promedio, que sigue viviendo al día y que cada mañana se levanta dispuesto a «resolver», el verbo que abarca todos los rebusques y curros, y por el que siempre se le saca una tajadita más al Estado. «Es que estamos acostumbrados a cincuenta años de paternalismo», dice a esta cronista Ramón G., chofer de taxi. «A que nos den todo, nos manden en todo, y en lo que no, nos lo procuramos», remata.
Ese paternalismo no es un eufemismo para disfrazar el (¿ahora políticamente incorrecto?) comunismo trasnochado o socialismo fracasado. O régimen castrista, da igual. El paternalismo, ese modelo de cinco décadas, es una forma de vida y una manera de sobrevivir en Cuba. Esquivando, saliéndose de la sobrerregulación del Estado y del racionamiento por un lado y recibiendo del Gobierno un universo subsidiado: en salud y educación, además de alimentos, gas en balón (garrafa) y electricidad. Con gusto a demasiado poco en el caso de los alimentos; a la vez, una invitación al derroche en el caso de la telefonía y la electricidad (mientras que de noche las calles de La Habana son una boca de lobo, en las casas, las luces nunca se apagan y el aparato de TV jamás duerme).
«Para que mi taxi siguiera rodando, desde hace casi un año vengo pagando de mi bolsillo los repuestos y el taller», explica Ramón, quien hace cinco años ingresó a una compañía de taxis del Estado -aportando su auto de marca estadounidense modelo 92. Ramón teme, como muchos de sus compatriotas que «los nuevos tiempos» que se asoman, donde el Estado ya no se hará cargo de todo (como de los repuestos de su auto), deriven en un «liberalismo despiadado». Espera desde hace tres meses un reembolso atrasado. «No nos dicen qué hay que hacer», es la queja de este hombre, que se recibió de kinesiólogo y fue destinado hace treinta años por el Gobierno a estar detrás del volante.
Ramón, como tantos otros, teme perder su empleo en las «rectificaciones» anunciadas por Raúl Castro ante la Asamblea Nacional en diciembre: «O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, y hundiremos el esfuerzo de generaciones enteras», dijo. Fue la ministra de Finanzas, Lina Pedraza, quien a los pocos días explicitó las medidas: gradualmente se aplicarán impuestos a los salarios, la vivienda y los servicios públicos; regirá un impuesto a la renta del 25% al 50% y otro (10%) a ventas y servicios; además se gravará la contratación de fuerza de trabajo en un 25%.
Traspaso
En cuanto a los estatales a despedir (1,5 millón en dos años), se calcula que un 10% de ellos podría ser absorbido por nuevas cooperativas, creadas a partir de empresas residuales del Estado. ¿El resto? El Gobierno les ofrece-rá un mes de salario (entre u$s 20 y u$s 25) por cada 10 años trabajados. El plan es que para 2016, el 50% de la nómina actual del Estado (estimada en 5 millones de personas) haya pasado al sector privado.
No hace falta mucha imaginación para adivinar las consecuencias. «Habrá entre un 30% y un 40% de desempleo y sin colchón alguno de seguridad social», dice, ante la consulta de Ámbito Financiero Hugo Landa, director del diario on line Cubanet.org. «El gobierno cubano improvisa, quiere ganar tiempo a la espera de que aparezca otro benefactor, al estilo de Chávez, o de la URSS entre los 70 y los 90, pero a no ser que les llueva dinero del cielo, no podrán parar las crisis y reacciones violentas en Cuba», señala.
Tristeza
En Centro Habana (un barrio céntrico de la capital), mientras tanto, Ángel R. ya cumplió con los 140 CUC (pesos convertibles cubanos, equivalentes a u$s 170) que el Estado exige para que su departamento quede habilitado para alquiler a turistas (está dentro de los 178 nuevos tipos de licencias que ahora permite el Gobierno). Después de haber pagado cerca de u$s 500 en pintura y acondicionamiento, Ramón pensaba alquilarlo para recuperar cuanto antes su inversión. «Pero el sistema no está preparado para la iniciativa fuera de la órbita estatal», se queja con tristeza. «Es que», le dice a esta periodista, «no está permitido anunciar en la vía pública, tampoco en internet y así, cada día que pasa dejo de ganar los u$s 50 diarios que pensaba recuperar». «Voy a devolver mi licencia si para mediados de febrero no cambia la situación», confesó decepcionado.
El periodista disidente Reinaldo Escobar tiene, en cambio, una visión más optimista. «En un futuro inmediato, este año, veremos la prosperidad de una clase media emergente, que va a insultar todas las conquistas de justicia igualitaria que tuvimos durante mucho tiempo», dice a Ámbito Financiero en un barcito de La Habana. «Ya Raúl Castro dijo que renunciábamos a ese igualitarismo y que había que habilitar el cuentapropismo frente a las prohibiciones absurdas».
«Es un cambio trascendental, que además va a movilizar una novedad entre los ciudadanos: antes, cada vez que surgía una crítica al sistema, el Gobierno lo hacía callar con un «te subsidiamos 6 libras de arroz cada mes, te damos un empleo, etcétera». Cuando esos argumentos paternalistas no existan más, ¿cómo van a acallarnos?


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