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“Personajes”, de Kado Kostzer, un anecdotario digno de leerse

Delicioso libro, éste del autor de «Familia de artistas», «Sardinas ahumadas» y otras lindas sorpresas teatrales. Divertido, emotivo en varios capítulos, incluso instructivo, discreto en ocasiones y graciosamente «suelto de lengua» en otras, tiene algo de autobiografía, de texto de estudios, testimonio de época, retrato de figuras, y, sobre todo, confesión de parte. Sus andanzas por el Di Tella, Paris, Cuernavaca, Manhattan y el Bronx, sus trabajos y su amistad con verdaderas figuras del espectáculo, habilitan un anecdotario digno de leerse. Para más, el hombre tiene gracia de comediógrafo y soltura de viejo periodista, ya que también supo integrar las redacciones de «Panorama», «Primera Plana» y «La Opinión», y desde entonces mantiene la buena pluma y la mirada aguda y cordial.
Antológicos, los capítulos de niñez, evocando la primera función de teatro que vio en su vida, o el placer inmenso que provocó «Lilí» en él y sus hermanas, con una Leslie Caron a la que años después él mismo llegó a dirigir, ya como dilecta amiga. Su evocación de un profesor de la secundaria que lo pilló en el cine, Haroldo Conti. Los dichosos encuentros con Martha Hyer, Kathy Jurado e Isabel Sarli, las reveladoras experiencias junto a Iris Marga, Astor Piazzola y María Aurelia Bisutti, la noche de la bomba en el Estrellas, el estreno de «Tango argentino» en Paris y la fiesta posterior, la íntima tristeza de Fanny Navarro, la rentrée de la cancionista Elba Berón, la cocina de Geneviéve Page, las exigencias de una petisita que nunca salía al escenario sin sus grandes tacones, hasta que se enganchó un aristócrata inglés y hoy es una lady petisa.
Aún más, también están La Voluptuosa, La Dama que no cumple años (a quienes no se cita por sus nombres, entre otras cosas porque no hace falta), la espectadora cargosa que ha criado fama en Mar del Plata y Buenos Aires, el marido de la vocacional, en fin. Dos capítulos deberían ser llevados al cine. Uno, el de Tilda Thamar, con un secreto al nivel de esos grandes melodramas donde todo se descubre recién tras la muerte de la protagonista. Y otro, con una pareja de franceses, un asunto de engaño e ilusión que se non é vero é ben trovato. Ese capítulo es uno de los puntos altos del libro, por la intriga, la sabrosa descripción de costumbres, entretelones y entrelíneas de toda puesta parisina, y por la elegancia con que se resuelve la historia.
El último tercio del libro está enteramente dedicado a su amigo Manuel Puig. Pero ahí ya entramos a la picaresca, a la lectura prohibida para menores, al puro regocijo, y a la cariñosa evocación sin pedestales ni endiosamientos de un novelista que también tenía su parte maliciosa. Digamos, solamente, que Puig le enseñó a Kostzer cómo colarse en los musicales neoyorquinos. Lo demás no es publicable en un diario, pero está muy bien escrito.
Paraná Sendrós


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