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POLÉMICA ENTRE ECONOMISTAS
Matías Kulfas
Resulta llamativo encontrar voces que entiendan que es malo que crezca la inversión, dudo que exista teoría alguna que sustente afirmación de este tipo.
No es, en cambio, tan lla-mativo que alguien piense que es bueno que los bancos obtengan sus utilidades a partir de la mera especulación financiera sin tomar riesgo alguno en el sector productivo. Algo de eso ya nos pasó hace una década, cuando buena parte de los sectores productivos se ahogaba, sin crédito, con mercados en baja y pérdidas de competitividad (y en un contexto deflacionario).
Lo cierto es que el autor destina varios párrafos a argumentar que es una mala idea expandir el crédito para inversión. Poco explicita, en cambio, acerca de cuáles serían las buenas ideas. A partir de algunas «pistas» intentaremos hacer explícito lo que el autor omite señalar con claridad. Dice Rubinstein que debe recurrirse a las herramientas de control monetario usuales en todo el mundo, seguramente a aplicar políticas monetarias contractivas.
Menos recursos
Si el crédito no sólo no se expande, sino que se contrae como quiere Rubinstein, las empresas tendrán menos recursos para financiar su capital de trabajo, menos aún para sus inversiones, caerá la oferta y también la demanda, porque este sendero llevará a una menor creación de empleo y también a la destrucción neta de puestos de trabajo. Probablemente, en ese escenario, la inflación sea muy baja, o tal vez nula o negativa, como ocurrió en los últimos años de los 90.
Por el contrario, si se apuesta a un enfoque macroeconómico que haga eje en el crecimiento y el empleo y, de manera simultánea, se instrumentan mecanismos de estímulo a la inversión productiva, estaremos sentando las bases no sólo para la sustentabilidad del propio patrón de crecimiento, sino también para morigerar tensiones inflacionarias. Alguien podrá decir que el crecimiento de la inversión es una condición necesaria pero no suficiente para evitar alzas generalizadas de precios, pero dudo que encuentre adeptos la idea de desfinanciar la inversión, a menos que nos encontremos ante la fundación de una nueva escuela económica: la de los sadomasoquistas.
La lógica de este tipo de enfoques es implacable. Eso sí, sería bueno que, en honor a la honestidad intelectual, el autor fuera más explícito a la hora de señalar cuáles son sus supuestas buenas ideas: contracción monetaria, reducción de las tasas de crecimiento, aumento del desempleo y, consiguientemente, de la pobreza. ¿No tendrá alguna idea mejor?


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