20 de julio 2011 - 00:00

Policial que deslumbra y aterra

Policial que deslumbra y aterra
John Connolly «Voces que susurran» (Bs.As., Tusquets, 2011, 368 págs.) 

Como en sus ocho novelas policiales anteriores el irlandés John Connolly, residente habitual en los Estados Unidos, ésta es una de esas atrapantes mezcolanzas con las que viene renovando el género. Es, al mismo tiempo, una rigurosa «novela negra» y un relato de misterio que hace que el lector esté constantemente acosado por una historia de terror. Una de las cualidades de Connolly es hacer que el lector entre en un miedo religioso, metafísico. Pero «Voces que susurran» es en principio una crítica a la Guerra de Irak desplegada por el segundo miembro de la petrolera familia Bush que estuvo al frente del gobierno de Estados Unidos. Si bien la cosa parte de Washington, la acción surge en Bagdad en 2003, donde no sólo hay batallas sino también saqueo de bibliotecas y museos, y algunas de las antiguas reliquias robadas -como lo han señalado reiteradamente las novelas de terror- saben tomar venganza. En realidad todo comienza hace apenas dos años, cuando en un bar el padre de Damien, un soldado que estuvo en Irak, trata de entender por qué su hijo se pegó un tiro cuando andaba paseando por un parque. Y allí, en la barra de ese bar, está el eternamente atormentado detective Charlie Parker para ayudarlo. Pero Connolly no se queda en el ya rutinario argumento del soldado que vuelve loco del infierno de la guerra, que la literatura estadounidense viene desplegando en todas sus variantes desde la Guerra de Vietnam. A Connolly son otros los infiernos que le importan, como lo mostró desde su primera novela, «Todo lo que muere», que recibió el profético Premio Bram Stoker. El irlandés siente que tiene que comprometerse frente al dolor infringido por las fuerzas del Mal, escuchar el eco de los gritos de los muertos, esas «voces que le susurran», tenderle una mano a las víctimas, y no dejar de mostrar las tinieblas que anidan hasta en el corazón de quienes parecen limpios y puros. Acaso por eso Parker es un ex policía que sigue tratando de descubrir quién mató a su mujer y a su hija, una tragedia que le destrozó la vida, que le impidió reconstruir una pareja, que lo entregó a la ruina de pertinaces borracheras, y que para sobrevivir se hizo investigador privado.

Cuando Parker comienza a investigar el suicidio de Damien se le aparecen datos del grupo en el que participaba, el de unos decepcionados soldados -capitaneados por el violento Joel Tobias- que al regreso se dedican al contrabando de drogas y alcohol, al tráfico de personas, al lavado de dinero y la venta de piezas artísticas y arqueológicas, atravesando la frontera que lleva de Maine a Canadá. Y también descubre que Damien no es el único suicidado. Ahí Parker necesita de la ayuda de sus dos formidable amigos de todas las novelas, la pareja gay que forman Louis, un derechista asesino profesional, y su novio, Angel, un ladrón retirado. Lo que comienza siendo la investigación de una muerte luego se vuelve la de una serie de muertes y lo que se esconde tras un siniestro contrabando, para lentamente ir llegando a un enfrentamiento de raíces bíblicas, metafísicas. Es ahí donde Connolly se instala con soltura, donde aterra, donde saca de la Tierra al lector, donde pareciera mezclar a su vecino Stephen King con Dan Brown, a su admirado Ross Mac Donald con el gran Gilbert Keith Chesterton. Si bien es una perfecta «novela negra» (acaso intensamente negra) en la tradición del policial estadounidense (con un sabroso toque irlandés), con astucia logra trazar una delgada línea entre lo real y lo sobrenatural, donde se balancea el pobre Charlie Parker, y hace balancear al fascinado lector.

M.S.

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