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Policial con sentido plenamente argentino
Ricardo Darín, notable como de costumbre, y una exacta Soledad Villamil lideran el buen elenco del nuevo film de Campanella, que también incluye a Guillermo Francella en una composición inhabitual.
¿A qué ojos se refiere esta comedia dramática de Juan José Campanella, y a qué secreto? Un empleado de Tribunales, escribe una novela, diríamos que está novelando, acerca de un crimen pasional ocurrido en 1974, que le tocó muy de cerca. Pero acaso, en última instancia, lo que realmente le interesa es indagar sobre la permanencia del amor en el tiempo, y charlar con una mujer a la que nunca se le pudo declarar. Entonces él era prosecretario de un Juzgado de Instrucción en lo Criminal, ella entró directo como secretaria. Ahora él es jubilado, y ella es la señora jueza.
En «La pregunta de sus ojos», novela de Eduardo Sacheri que inspira el film, ese asunto está claro, tanto como puede serlo un secreto ambiguamente manejado por una señora universitaria, muy discreta, bonita, elegante, que «pregunta una cosa con los labios y otra con los ojos». Encantadora Soledad Villamil, que muy bien representa esa fascinante habilidad femenina. Pero los ojos de los otros también guardan enigmas de importancia. Por ejemplo, la jovencita cuya muerte inicia el drama. El asesino insospechable. El juez que parece incapaz de ver un elefante en el despacho. El inescrupuloso que ve cómo llevarse todo por delante. El comisario a cargo. El esposo de la víctima, enamorado para siempre y obsesionado en que se haga justicia tal como le dijo el prosecretario. Y el compañero de trabajo, el único que podría decir si el gran momento de su vida fue por estupidez, por amistad, o porque estaba más borracho que de costumbre.
Notable en este papel Guillermo Francella, saliéndose de lo habitual para ofrecernos una composición que algunos reconocerán cercana a los momentos de humor oscuro de Peter Sellers. Notable como de costumbre, por supuesto, Ricardo Darín, que conduce el relato. Y Pablo Rago, como contrafigura moral. Los diálogos vivaces, las vueltas de tuerca que empujan sin cesar la curiosidad, el maquillaje de cada actor, el cuidado con que se recrea cada época, el detalle hasta en una transmisión de José María Muñoz que reproduce Jorge Troiani como fondo fugaz de una toma impresionante, la única técnicamente ostentosa que hay en todo el costado policial del relato, en fin, todo exacto, de nivel, en su medida y armoniosamente, por emplear un axioma muy propio de la época en que sucedió el crimen.
A propósito: pocos recuerdan que, cuando aún vivía en EE.UU., Campanella ya se había probado en el género, con una singular versión en inglés de «Ni el tiro del final». Pero ahora retoma el policial con un sentido plenamente argentino del género, con ese típico humor nuestro que también tiene Ascheri, aquí convertido en coguionista, y ese inefable sentido del enamoramiento, el compañerismo, la lealtad (en sus dos versiones), la historia, y la reflexión de actualidad. Por algo el asunto transcurre entre los años 1974 y 1975, recordándonos de paso cómo un gobierno en democracia puede desarrollar tendencias dictatoriales. Por algo también, el espectador queda golpeado y no sabe si aprobar o no, cuando alguien mira al viejo prosecretario diciendo por segunda vez una corta frase aseverativa, que descubre el secreto más fuerte del relato (quien quiera un policial negro, acá lo tiene). Y, ya viejo conocedor del espectáculo, por algo inmediatamente después de esa escena Campanella nos varía el tono, y nos saca contentos de la sala.
Eso sí, cabe una advertencia: hay por ahí un desnudo femenino, que puede incomodar, y un brevísimo plano de genitales, que seguramente ha de incomodar mucho más. Queda el público advertido. Salvo que acostumbre mirar televisión, porque entonces ya estará curado de espanto.


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