24 de mayo 2018 - 00:00

Populismo, gradualismo y... ¿después el ajuste?

La teoría de los ciclos de auge y ajuste de los gobiernos populistas fue inspirada por los economistas R. Dornbusch (ya fallecido) y S. Edwards (chileno, radicado en USA). Tuvo gran difusión a principios de la década del 90. Ellos promovieron la investigación en varios países latinoamericanos donde observaron que los gobiernos populistas provocaban en las economías ciclos recurrentes de cuatro etapas. En la teoría, la primera fase arranca después de un "ajuste". El político populista alcanza el poder criticando el ajuste previo, promoviendo el gasto, la emisión monetaria, el empleo público y la mejora de salarios, en el entorno de equilibrio fiscal y monetario sobreviniente después de la crisis. Aprovecha factores productivos desocupados, la moneda fuertemente depreciada que facilita el comercio exterior, tal vez una reestructuración de la deuda externa que permita pagar menos intereses, y una población empobrecida ansiosa por recuperarse.

En ese escenario se produce una expansión fácil de lograr, lo cual es utilizado por el gobierno populista para ganar prestigio y diferenciarse del anterior. Pero la expansión llega a la segunda etapa, donde el estímulo de la actividad a través del gasto y de incentivos que no se enfocan en mejorar la productividad comienza a encontrar "cuellos de botella". El crecimiento de la demanda, el auge de las importaciones, las dificultades para poder seguir con una política monetaria laxa, los deseos de aumentar los ingresos sin mejorar la competitividad, el gasto público siempre en crecimiento, todo para no perder apoyo político, empiezan a generar inflación y presión sobre el tipo de cambio. Se echa mano a variados recursos de política económica sin que se encuentre la consistencia. En ese escenario, aparece la tercera etapa. Aquí la población y los agentes económicos pierden confianza en la sustentabilidad de la economía, se acelera la inflación, aparecen las crisis de financiamiento, se busca refugio en la moneda extranjera y el déficit fiscal se torna incontrolable.

El gobierno populista intenta sostener la situación, pero aun con medidas muy "creativas", en la mayoría de los casos fuertemente intervencionistas, no logra evitar la pérdida de divisas, el deterioro de las cuentas públicas, la inflación y la caída de la actividad. Persistiendo en esa línea se termina en la cuarta etapa, donde explota la crisis y sobreviene un violento ajuste de las variables económicas, que se "sinceran". El comercio exterior se nivela con una fuerte devaluación, el sector público corrige el déficit a partir de la caída en términos reales de jubilaciones y salarios, y la actividad económica toca fondo.

El gobernante populista evitará soportar esta etapa, para no ser el "ajustador". El ajustador cargará con todas las culpas del ajuste y será reemplazado. No logrará permanecer para reiniciar el ciclo con la primera etapa de auge. Curiosamente, cuando se publicó este trabajo, el capítulo de Argentina estuvo a cargo de un joven Federico Sturzenegger, que estudió a la Argentina de los años 1973 a 1976. La teoría fue bastante criticada y cayó en desuso porque la mayoría de los países evitó que estos ciclos volvieran a repetirse.

En Argentina, en cambio, parecería tener una peligrosa vigencia. Luego del auge post hiperinflación de Menem se llega a la crisis del 2001-2002 y el enorme empobrecimiento que soportó el país. A partir de allí, no hay duda de que el primer Gobierno K se corresponde a la primera etapa del ciclo. Pero en 2008 aparecen las dificultades y los esfuerzos por esquivar la crisis y mantener un fantástico aumento del gasto público, que ni siquiera con una abrumadora presión fiscal logró evitar que el déficit se transforme en recurrente. Resultó útil para ello la estatización de las AFJP del 2009, el cepo cambiario del 2011 y la devaluación del 2014. Cuando entregaron el Gobierno, prácticamente habían consumido las reservas. Lo que viene después es llamado por sus propios autores "gradualismo". Evitaron una crisis a fines de 2015 recurriendo en gran parte a un instrumento que el Gobierno anterior había rechazado por su propia ideología: El incremento de la deuda pública, mucha de ella externa. La moneda local se revalorizó, aumentaron las importaciones y ciertos consumos hasta ese momento relativamente limitados, pudieron expandirse, como los viajes y gastos en el exterior. Una especie de vuelta a la segunda etapa y una renovada sensación de bienestar. Pero no llegaron las inversiones económicas (sí las financieras) y el crecimiento no es lo suficientemente robusto para que por sí solo pueda compensar el déficit fiscal provocado por que no se hace algo a fondo con el gasto. Estas visibles inconsistencias de la economía plantean serias dudas en agentes económicos del país y del exterior sobre la posibilidad de que la situación pueda sostenerse en el tiempo. Todavía hay oportunidades de dejar atrás la recurrencia de los procesos que culminan en crisis y ajustes. Enfocarse a incrementar la competitividad de la economía, poner al estado en una dimensión razonable y abandonar las alquimias financieras para ocultar las debilidades económicas, son acciones posibles. Esperemos que gradualismo no sea el nombre actual del viejo populismo, tan conocido y que tanto daño le hizo al país.

(*)Presidente de FUNDECOS Fundación Economía y Sociedad.

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