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Primera tarea: evitar males mayores. Luego, arreglar el mundo
Que la tarea crucial del G-20 sea evitar que el mundo adopte una agenda negativa, no significa negar la importancia de su propia agenda afirmativa. En ese vasto menú, hay platos para todos los gustos. Muchos se sirven fríos -como el énfasis tardío en cambiar regulaciones financieras y reforzar la supervisión o el embate contra los paraísos fiscales-, pero otros son relevantes para torcer el curso de la crisis actual y no sólo el de las próximas.
Si todos los países coordinan sus políticas de estímulo, el drenaje individual de cada programa no afectará la irrigación plena del conjunto y podrá compensarse limando susceptibilidades. De ahí, la pretensión anglosajona de que cada país se comprometa a impulsar un aliento fiscal no menor al 2% del PBI. En la misma inteligencia, las posibilidades de llevar a cabo políticas expansivas está limitada en los países emergentes por su acceso restringido a la financiación. No debería sorprender entonces que el G-20 pilotee con éxito una ampliación de la liquidez internacional. El expediente de aumentar los derechos especiales de giro luce sencillo y, por cierto, mucho más expeditivo que el aumento de capital del Fondo Monetario. La iniciativa se alinea, por ejemplo, con la implementación en tiempo récord de más de una docena de programas de swaps cambiarios entre la Fed y otros tantos bancos centrales de todo el globo. El mundo necesitaba dólares y la Fed, que los creó sobre la marcha, los puso a disposición aceptando diversas monedas locales en canje temporario. La Fed no titubeó en celebrar acuerdos con países fuera del G-10 como México y Brasil y tomar un potencial riesgo de crédito. Retacearlos en pleno crac financiero hubiera obrado como un búmeran. Son las mismas razones, sobre una base más permanente, las que abogan por ampliar la capacidad de préstamo de los organismos internacionales. Cuando se reúnan los líderes del G-20 en la cumbre del 2 de abril, deberían aportar novedades tangibles en este terreno.
No conviene, sin embargo, exagerar expectativas. Como siempre, cada país decide sus propias políticas. El G-20 carece de poder de veto. Si hay discrepancias relevantes se resolverán en forma bilateral fuera de su seno. Y mientras tanto, bajo la lógica del mínimo denominador común, quedan al margen de la agenda efectiva. Así la propuesta de Barack Obama y el premier inglés Gordon Brown, por coordinar una política fiscal más agresiva fue neutralizada por el eje Francia-Alemania. Ángela Merkel se pronunció tajante: «Si hay que subir la dosis de su esfuerzo, lo decidirá Berlín y no el G-20». Apostar a la cooperación internacional y no patear el tablero -aun siendo la mejor estrategia de ajedrez- no deja de ser una decisión soberana y que, como tal, se mantendrá o revisará conforme la óptica estricta de los intereses nacionales.


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