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Puerto Williams, el pueblo más austral del planeta
De entre la niebla que abraza los riscos inhóspitos del macizo Dientes de Navarino, en el archipiélago de Tierra del Fuego, sobresale el verde tejado de la única iglesia de Puerto Williams, el pueblo más austral del planeta.

Entre las pequeñas casitas de planta baja y puertas abiertas, de vez en cuando se descubre un caballo, una gallina o una bicicleta sin atar. Varios niños juegan en la plaza central, dominada por un diminuto supermercado.
En el aire flotan las palabras del locutor de la radio local que se difunden gracias a unos pequeños altavoces instalados en el exterior del establecimiento. "El futuro hospital de Puerto Williams se inaugurará en los próximos meses", anuncia.
A pocos metros se encuentra un restorán de comida colombiana, un local sin ventanas donde aseguran que sirven las mejores empanadas de centolla. Adentro, la cumbia y las luces rojas empapan el ambiente y algunos turistas consumen cerveza para paliar la conmoción que produce el desembarcar en el puro confín del planeta, donde no hay internet ni conexión telefónica.
El singular puerto del pueblo es presidido por el Micalvi, un carguero pintado de blanco y marrón que, después de navegar varias décadas por el Rhin acabó fondeado permanentemente en las frías aguas australes.
El robusto mercante es hoy un equipamiento flotante del puerto y ofrece apoyo logístico para navegantes y visitantes de todas las latitudes, como el marinero polaco Sebastian Sobaczynski, quien llegó de la Antártida a bordo del Polonus, un pequeño velero sin motor.
Cuando cae la noche, la gran sala multiusos del Micalvi se convierte en un animado bar donde las epopeyas de los distintos intrépidos afloran a medida que se van amontonando las copas de pisco sour, el cóctel nacional. La del polaco cautiva a todos los visitantes.
La inquietud por reeditar los pasos de Ernest Shackleton empujó a este arquitecto de Cracovia a dejarlo todo atrás y sumarse como tripulante a una travesía hasta el continente blanco que, tal y como ocurrió con la expedición del gran explorador anglo-irlandés, acabó con el velero atrapado en el hielo antártico.
Sobaczynski no quiso abandonar la nave en el desierto helado, así que, por un dólar, la compró a su propietario y convenció a dos amigos polacos para que le ayudaran a repararla. Después de cuatro meses trabajando a 40 grados bajo cero y sólo acompañados por un séquito indolente de lobos marinos, los tres rudos marineros consiguieron poner de nuevo el velero en el agua. "Cuando regrese a Polonia voy a escribir un libro", explica el marinero.
UNA MAGIA ESPECIAL
Algunos extranjeros quedan atrapados por la belleza endémica de estos parajes. Este es el caso de Sergio, un colombiano de Medellín que, después de perder familia, casa y trabajo, decidió empezar a caminar rumbo al sur del mundo. Unos años después llegó a Puerto Williams. Hay lugares en el mundo que tienen una magia y energía especial, este pueblo es uno de ellos. Estoy contento de haberlo encontrado. De aquí ya no me muevo, quiero morir entre estas montañas, ríos y cielos, confiesa.


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