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17 de diciembre 2018 - 00:01

Balance 16-18: muy malo

El Gobierno está desbordado por la pobreza, el desempleo y la recesión. Y a todo ello se suma la fragilidad financiera, la sujeción al FMI y un riesgo país en aumento.

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Mauricio Macri, al asumir, pidió ser evaluado por la pobreza, el desempleo y la reactivación. Tras tres años, el balance es un fracaso desolador: pobreza casi en 35%, IPC más de 150%, baja del poder adquisitivo de 16% en el salario medio y 22% en jubilaciones y AUH, caída en la actividad de 2,5% (con eje en la industria: el EMI retrocedió 11,5% en septiembre 2018). Y el desempleo escaló a 9,6% en igual mes.

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Todo esto en un contexto de liberalización y vicios de origen: a) devaluación de $9 a $14, vista a priori como neutra sobre los precios, un

grave error. b) quita de retenciones a granos con el lógico impacto fiscal pero ningún beneficio en el sector externo. c) apertura indiscriminada, que hundió a muchos sectores al permitir ingresos de productos a precio de dumping, d) libre entrada y salida de capitales, sin tiempos de permanencia y encajes, lo que generó una compulsiva vuelta al esquema de valorización financiera con tasas reales altísimas que incentivó la llegada de capitales golondrina que, al revertirse el ciclo, dejan en rojo al sector externo.

Tal esquema solo podía sostenerse con endeudamiento. Éste, en términos netos, creció u$s100 mil millones más el impacto adicional con los fondos recibidos y a recibir del FMI. Así, hoy la relación deuda/PBI es más del 87%. Tal deuda cubrió en el período un déficit que, entre turismo, pago de intereses, utilidades y fuga, superó u$s125 mil millones. Tal es la terrible herencia para el próximo gobierno: no sólo en términos de dependencia –como el acuerdo con el FMI traspasando el manejo de la política económica- sino por su impacto sobre el presupuesto. Los intereses superan el 15% del gasto total, y el ajuste comprometido para llegar al déficit cero solo tiene como objetivo el religioso pago a los acreedores. Además, en 2021-2023 las concentraciones de capital –de imposible pago- hacen necesaria una reestructuración de esos vencimientos. Los acuerdos con el FMI tienen una premisa central: los fondos aportados constituyen un “puente de plata” para honrar los pagos de deuda hasta que el país “retorne” a los mercados internacionales de crédito. Para ello, el plan Doble Cero –cero déficit primario y cero emisión- sería el programa normalizador para aquel fin. Desde el pico de la crisis de setiembre, el gobierno logró aprobar un Presupuesto en línea con las metas exigidas por el Fondo, ampliar el acuerdo original con este y una supuesta legitimación por el G-20. Pero los bonos argentinos no paran de caer, el riesgo país se acerca a 800 y emitir deuda en el mediano plazo parece casi imposible, aun a tasas equivalentes a las del 2001.

Así, hay que ser pesimista sobre 2019:

1) la velocidad de pérdida de reservas vía pagos de deuda supera lo imaginable: desde el 30/10/18 cuando ingresaron u$s5619 millones del FMI, se perdieron sólo en operaciones del sector público u$s5339 millones. A hoy, las reservas brutas alcanzan los u$s 50 mil millones, pero si se netean los dólares del FMI, el swap chino, los encajes de depósitos privados y los préstamos Repo con bancos internacionales, las reservas netas serían….cero. Esto muestra la fragilidad ante una posible nueva corrida cambiaria, pues si bien los pasivos remunerados del BCRA (Leliq) están encapsulados en los bancos, los pesos en cajas de ahorro y plazos fijos supera los $2 billones, que al tipo de cambio de hoy son u$s52 mil millones. Y además, los depósitos en u$s del sector privado alcanzan los u$s28300 millones.

2) el BCRA eliminó el piso de la tasa de interés y aumentó el valor de la franja de flotación del tipo de cambio, lo que muestra una cierta apuesta a la devaluación como forma de disminuir las tensiones del programa monetario. Para ello se apresta a comprar divisas por las exportaciones granarias con una banda inferior que llegaría a 39,4 $/u$s para fin de marzo. Pero como vimos en el punto anterior, el riesgo de bajar aceleradamente la tasa es altísimo dado el universo potencial de pesos a dolarizarse. En ese sentido hace falta un trade-off delicado entre tasa y tipo de cambio que choca con el objetivo de recomponer reservas y dar liquidez al sistema.

3) La resistencia del riesgo país a bajar también tiene su pata externa, ya que la tendencia a la suba de la tasa de interés de EE.UU. encarecerá las futuras renovaciones. Pero también se observa en ese país una incipiente inversión de la curva de rendimientos, lo que se lee como el inicio de una recesión, ya visible en las cotizaciones de empresas de EE.UU. Esto es particularmente grave ya que el riesgo país argentino presenta más correlación con el índice S&P que con la tasa a 10 años. Lo cierto es que este proceso empieza a afectar a todos los emergentes, y más a la Argentina. Lo que hará más costosa la improbable vuelta a los mercados financieros.

A esto se suma la dificultad de reactivación de obra pública por las metas de ajuste fiscal más el aumento de la conflictividad social ante el creciente deterioro de las condiciones de vida de sectores populares y medios.

(*) Miembro del Ippyp

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