28 de septiembre 2011 - 00:00

¿Qué se cocina en Europa?

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Si se quiere diseñar una ruta de escape para Europa no es muy difícil elegir la traza. Si Europa asusta al mundo no es tanto por la gravedad de los problemas económicos que enfrenta como por un sistema político disfuncional y el predominio de una visión de la crisis esencialmente errada. Concebir un plan para estabilizar Europa no es un imposible -EE.UU. lo ofrece llave en mano y la propia Unión Europea esbozó un esqueleto viable en la cumbre del 21 de julio-; lo verdaderamente arduo es romper la trama que se opone a su ejecución. Ya se dijo que la Unión Europea no es un país y ello dilata su proceso decisorio. Es verdad. Pero también es cierto que Alemania dicta la agenda y maneja sus tiempos. Y conviene hacer memoria: la unificación de las dos Alemanias no la definió Europa. No se le pidió opinión. No fue tampoco una iniciativa libre de gastos. Estima Peer Steinbrueck -quien fue el anterior ministro de Finanzas de Angela Merkel- que costó 2 billones de euros. Unos cien mil millones de euros por año. Y las consideraciones políticas se impusieron a la lógica económica: de ahí la conversión a la par de los marcos orientales cuando cotizaban a razón de 7 a 1. La ola expan-siva que generó la absorción de Alemania Oriental a precios inflados obligó al Bundesbank a pisar el freno.

El resto de Europa debió ajustarse el cinturón: su re-cesión sirvió para compen-sar los bríos desatados de la reconstrucción. Puro sacrificio, muy poco beneficio directo. En suma, el interés vital de Alemania prevaleció. ¿Por qué pensar que en la coyuntura actual es diferente? Hay que convencer a Alemania. Europa asusta al mundo, pero no conmueve a una Alemania que teme, a su vez, que salvar a Europa sea su ruina. Este es el quid de la cuestión.

Mensaje

Dice Mohamed El Erian -una de las dos cabezas de Pimco, el mayor administrador de fondos de renta fija del mundo- que a Europa finalmente le llegó el mensaje. Que en las reuniones en Washington -del G-20 y la Asamblea del FMI y el Banco Mundial- los ministros de Finanzas tomaron el compromiso de impulsar una respuesta expeditiva. Las expectativas favorables que dan aliento a los mercados abrevan en las mismas fuentes. EE.UU. se involucró de lleno en la materia (y no lo oculta). Y donde antes había férreos rechazos, hoy brotan declaraciones oficiales de otro tenor. Lo que Tim Geithner, el secretario del Tesoro, planteó en la reunión del Ecofin en Polonia y fue tildado de temerario dos semanas atrás, el apalancamiento de los fondos de rescate, se admite que está en el núcleo de la estrategia en discusión. Los detalles son difusos. Y el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schauble, niega el apalancamiento aunque confirma una utilización más decidida de los fondos que estarán dis-ponibles. Habrá que esperar que mañana el Parlamento teutón apruebe la ampliación de la Facilidad de Estabilidad Financiera (FEEF) -tal su nombre específico- para demandar más precisiones. Se sabe, el diablo está en esas minucias.

A grandes rasgos, la estrategia que se perfila hará eje en la FEEF y en las competencias flexibles que le concedió la cumbre de julio. Tanto el soporte de la deuda pública como la inyección de capital a la banca se alimentarán con recursos de la FEEF. Pero los 440 mil millones de euros de su poder de fuego no son disuasivo suficiente. Ése fue el punto ríspido que machacó Geithner en Polonia. Dotar a la Facilidad de un efecto palanca más importante, confesó Oli Rehn, comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, ya está en la agenda. La BBC fue más allá y le puso números: según sus fuentes, existe la posibilidad de aumentar su alcance a dos billones de euros. No es la única versión que apunta en esa dirección. Pero cuando se cruzan todas ellas en los pocos rasgos específicos que las acompañan -si se utilizará la vía de un vehículo especial de inversión o una licencia de banco, si se involucrará el Banco Europeo de Inversión o se hará a través de la emisión de garantías- no hay concordancias. Como síntesis vale tomar nota de las palabras de dos miembros del BCE. Lorenzo Bini Smaghi reconoció que se trabaja en hallar una manera más innovadora y eficiente de apalancamiento. Ewald Novotny acotó que el resultado final no será tan abultado como se especula. Conociendo el paño, convendrá tenerlo en cuenta.

Si Europa construye un muro cortafuegos, Alemania podrá pedir a cambio una reestructuración más a fondo de la deuda de Grecia. Ésa es la barrera que el fin de semana mencionó la canciller Merkel. Aquí sí hay precisiones. Berlín hizo saber que ahora empuja un recorte del 50%. Pero primero hay que asegurarse de impedir el contagio. Se debe aislar al resto de las deudas soberanas y reforzar el patrimonio de los bancos. Así los tiempos no pueden ser perentorios. Habrá que girar a Atenas los fondos de octubre y dejar la cirugía para después. No es sensato poner el carro antes que los caballos, pero hay que tener presente que la política alemana necesita mostrar el carro y preferiría esconder la caballada.

En el corto plazo -mientras se resuelve la ingeniería de detalle, la política lima sus diferencias, Alemania elabora su duelo- la única vía operativa abierta es el BCE. Con tino ya sus voceros adelantaron que se aviene a irrigar los canales de liquidez. Se espera que en su reunión de la semana próxima abra el grifo de las subastas de fondos a un año de plazo. No se descarta tampoco que retraiga la suba de tasas de interés en la que estuvo empeñado (a contramano por segunda vez de la tendencia de fondo de la crisis). Pero no se sabe si su orgullo lo permitirá y, de hecho, importa más lo primero. Existe además la posibilidad de que relance el programa de compra de bonos cubiertos (la versión europea de la expansión no convencional). Ambas iniciativas, útiles para restablecer condiciones razonables de fondeo para la banca. Es decir, un bálsamo apropiado.