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Rajoy ya juega con fuego al abusar de la carta patriotera
Felipe Calderón recibió hoy en México al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy. Ambos enfatizaron el buen momento de la relación bilateral y, al menos ayer, evitaron hablar de la crisis por YPF.
La principal entidad patronal de ese país, la CEOE, se sumó ayer a la tendencia al proponer, por boca de su vicepresidente, Arturo Fernández, un embargo a los productos argentinos.
La decisión de la Casa Rosada, verdaderamente sensible, desató un vendaval esperable. Lo que sorprende es el patrioterismo que se ha desatado en España, y que sus élites más conscientes, desde la prensa hasta el propio Gobierno, la estimulen tan desaprensivamente.
La carta nacionalista es, se sabe, tan conveniente para los gobiernos en apuros como difícil de rebatir para sus opositores. Y vaya si Mariano Rajoy y sus lenguaraces funcionarios la están jugando a pleno, casi como generales en guerra o al estilo de una Margaret Thatcher modelo 82.
Tanto es así que en nuestro país algunos estimaron que el Gobierno de Cristina de Kirchner le ha dado al gallego una tabla de salvación política. Difícilmente sea así: la pérdida del 50% de la producción, del 40% de las reservas y del 30% de las ganancias para la multinacional petrolera española, una de las mayores empresas de ese país, parece demasiado dolorosa como para que aquello resulte verdaderamente un consuelo.
Se acusa de expolio y latrocinio a la Argentina. A su Gobierno y, dados los recientes excesos, a los propios argentinos. Lo curioso es quien cruzó la línea roja entre el gesto político y el juego nacionalista, quien dio rienda suelta a ese tono destemplado y nada hace para contenerlo, es el propio Rajoy. Portavoz de José María Aznar en 2003, tuvo a su cargo la responsabilidad de ponerle la cara y la voz a la membresía española en el club fundacional de los invasores de Irak. Engaño y masacre. Expolio y latrocinio.
La furia española cunde. Según una encuesta difundida ayer por el Real Instituto Elcano, el 82,6% de los españoles rechazan la expropiación de la petrolera. Pero esa casi unanimidad acaso termine desinflándose más temprano que tarde. Al menos a nivel de los pequeños accionistas españoles de Repsol, el enojo con la Argentina convive con la incipiente conciencia de los posibles efectos perniciosos de una reacción de los funcionarios de Rajoy que fue demasiado apresurada (al menos para hacerla pública) y destemplada.
Las severas admoniciones en video del ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria; los rapapolvos del canciller José Manuel García-Margallo al embajador argentino Carlos Bettini, que hasta incluyeron amenazas de ruptura de relaciones diplomáticas; y, el colmo, la calificación de «apestado internacional» que dedicó a nuestro país el secretario de Estado para la Unión Europea, Iñigo Méndez de Vigo, son, en este sentido, hitos memorables. Todo dicho, vale recordarlo, antes del anuncio de la reestatización, en imperativo tono metropolitano, como si ignoraran que es mejor no torear de esa manera al levantisco kirchnerismo.
Cabe preguntarse, entonces, si esas frases hirientes pueden haber resultado contraproducentes para los intereses de la compañía y si no endurecieron los detalles del anuncio argentino y el modo en que se trató a los cesanteados ejecutivos españoles.
Es más, ¿hace al interés de Repsol un juicio de años por la cifra que debe pagarse por la expropiación? ¿No sería sensato aceptar, después de las quejas de rigor, la decisión de un país soberano e intentar negociar dicho monto en las condiciones más favorables que sea posible? Hasta hoy, Rajoy voló todos los puentes.
Pese al poco tiempo transcurrido desde su triunfo del 21 de noviembre último, su gestión luce desgastada. La persistente desconfianza de los mercados, las dudas hasta del Fondo Monetario Internacional acerca de si la receta de austeridad aplicada no es una demasía, un paro general contundente y una sonora derrota en importantes comicios autonómicos así lo indican. El patrioterismo de la hora revertirá por un tiempo la tendencia, sin dudas, pero esa espuma inevitablemente bajará.
Mientras, la recesión y el desempleo seguirán haciendo su trabajo corrosivo y los cuestionamientos a su manejo de esta crisis no tardarán en aparecer.
Caramba, hemos tratado de evitar la chicana hasta el final, pero no podremos evitarlo: Rajoy se ha revelado tan sutil como un elefante en un bazar.


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