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Relatos a la salida del infierno
Este conflicto «es el peor en muchos años. Es mucho más intenso, las armas son brutales y la magnitud del ruido de las explosiones es extremadamente potente», declaró Daib, un palestino-canadiense que se encontraba en Ciudad de Gaza de vacaciones cuando estalló la ofensiva israelí el 27 de diciembre.
«Odio las bombas, me dan mucho miedo. Siempre trataba de no escucharlas. Muchas caían cerca de nuestra casa. Los edificios se venían abajo, también los edificios donde compramos se venían abajo», dijo Fawiz, de siete años, también canadiense, evacuado junto a su madre y hermano, evocando las largas noches de bombardeos en la Franja de Gaza.
Unos 250 extranjeros, entre canadienses, austríacos, rumanos, noruegos, suecos y filipinos, fueron evacuados ayer por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en seis autobuses a través del paso de Erez, en el sur de Israel.
Acompañados por diplomáticos de sus países al atravesar el paso fronterizo, donde todavía podían escuchar el estrépito de las bombas impactando sobre el territorio palestino, la mayoría de evacuados, llevando en brazos a sus bebés o empujando pesados carros con maletas, partió después en autobuses a Amán, desde donde regresarán a sus países.
Esta es la segunda operación de este tipo después de que más de 200 extranjeros o palestinos con doble nacionalidad abandonaran el 2 de enero el territorio, la víspera de la entrada de las tropas terrestres israelíes.
Pero, según varios diplomáticos, unos 400 siguen atrapados bajo el cruce de fuego entre Israel y Hamás, entre ellos, la española María Velasco, cuyos tres intentos de huir de la Franja de Gaza se han visto frustrados por los combates o problemas burocráticos.
La madre del pequeño Fawiz, Nasreen Elmadhoon, relató furiosa el horror de la guerra, asegurando que «la gente está muriendo en Gaza, la están matando».
«Los últimos días permanecimos encerrados en casa, sin hacer absolutamente nada, sólo escuchando las bombas», explicó Nasreen, que viajó a Ciudad de Gaza para visitar a su padre, enfermo de cáncer.
Cada vez que un artefacto estallaba cerca de su vivienda, sus «hijos se ponían a correr» hasta llegar al salón «y esconder las cabezas bajo el colchón. Yo les decía que se trataba de una especie de juego como el 'Hello' de la X-Box», dijo.
Los civiles están «recurriendo a métodos primitivos para cubrir sus necesidades básicas. No hay electricidad desde hace al menos cinco días», contó por su parte Daib.
Sin embargo, «la gente no se está muriendo de hambre. Quizás no hay toda la cantidad necesaria de alimentos, cuya calidad tampoco es muy buena, pero no se puede decir que no estén comiendo», explicó este psicólogo.
Para Daib, la guerra «nos ha hecho retroceder muchos años». «Nos han prometido tantas veces que esto (el conflicto israelo-palestino) iba a terminar... Pero sólo se habla de iniciativas de tal o cual presidente, nada ha cambiado», se lamentó.
Al tiempo que estos extranjeros cruzaban sanos y salvos la frontera, la española María Velasco, que junto a su esposo palestino y sus hijos de 2 y 23 años debía encontrarse en ese grupo, lloraba de indignación e impotencia.
Agencia AFP


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