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Revelaciones de Cristina en viaje
Desde el inicio quedó claro que la ira de Cristina de Kirchner se había centrado en lo que consideró «malicia» en la nota, al no poder probar la prensa que en su breve estadía de sólo una noche en Roma haya tenido tiempo para salir de compras en algún momento y haberla titulado «Hambre y Dolce Vita». Era obvia la ira presidencial ante ese título, ya que la visita a Roma ese año estuvo destinada a participar en la cumbre de la FAO contra el hambre mundial.
La intención de la defensa, entonces, pasó por comprobar qué había hecho la Presidente durante cada minuto de los dos días de estadía.
Se supo, de boca de la propia Presidente, que mientras la nota informaba de su arribo el 31 de mayo, la realidad indicaba que lo había hecho el 2 de junio.
Al parecer, el Hotel Eden, que eligió Parrilli (debió aclarar que ella no elige los hoteles donde parar en el exterior durante visitas oficiales), la dejó más que satisfecha con la suite con un pequeño living, comedor, habitación y una vista a los parques envidiable.
Tuvo que explicar Cristina de Kirchner cómo estaba conformado el cuerpo de seguridad que ocupaba su piso en el hotel durante esos días: «No sé si además de los agentes argentinos había italianos. Yo salía al pasillo y siempre había gente, inclusive en el ascensor. En el auto, el que conducía era italiano».
«¿Con quién viajaba desde Buenos Aires», preguntó el abogado. «Con el canciller y con Zannini». «¿Quién la recibió en el aeropuerto?». «No sé, fue hace mucho tiempo; alguien de Cancillería». «Había periodistas?». «Los periodistas siempre están, son como el sol».
Con ese ritmo pasaron dos horas de testimonios. Pero también hubo anécdotas poco conocidas: recordó que en Italia «no me recibían en visita oficial» por el conflicto con los bonistas en default. De ahí que tuvo una cena con empresarios italianos y argentinos y el canciller de Silvio Berlusconi, Franco Frattini, en una casa de Ciudad del Vaticano, alejada del centro de Roma: «Desde allí veía la cúpula de San Pedro», dijo.
Siguiendo el relato que demostró que, en realidad, hubiera sido imposible encontrar un minuto para salir de compras, la Presidente recordó embelesada el paseo de la mano de Luiz Inácio Lula da Silva por el Palazzo de Piazza Navona que sirve de residencia a la embajada brasileña: «Lo recuerdo muy bien, porque él me mostró personalmente los frescos de la residencia. A mí me apasiona el Renacimiento». Así repasó cada movimiento en los dos días por la ciudad incluyendo regresos al hotel para almorzar («como frugal al mediodía, por si le interesa», le dijo al abogado). Relató con cierta molestia, inclusive, cómo se mete el servicio secreto en su habitación en Nueva York cada vez que le sirven la comida o entra el servicio a hacerle la cama.
Hubo momentos ayer en que Cristina de Kirchner pareció tomar personalmente su caso, como cuando subió el tono para preguntarle al abogado de los periodistas si no habían requerido de la «scolta» (la custodia que pone el Gobierno italiano) el registro de sus movimientos en Roma: «Eso existe en todo el mundo, inclusive en mi país». El abogado tuvo que reconocer que ya los tenía. La Presidente insistió en que continuará con la demanda, tras un cruce en el que recordó que no renunciará a la indemnización que reclama y que la donará íntegramente al Hospital Garrahan.
Al final, hubo distensión y hasta algún chiste que aportó más datos sobre la vida personal de la Presidente. «Me dicen que hasta compré sábanas por 1.000 euros. Yo las sábanas las compro en Arredo o en Home Colection», confió.

