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Se van a esfumar las ganancias a repartir
Enrique Blasco Garma (Economista)
El Premio Nobel Hayek enseña que las leyes no tienen el propósito de complacer a los legisladores, funcionarios o necesidades transitorias. El propósito de la ley es despejar conflictos y así aumentar los beneficios de la población, a largo plazo y sin favorecer a personas determinadas.
Con esa finalidad, los proyectos debieran ser analizados y debatidos sin urgencias. Esa es precisamente una de las ventajas de la democracia, que todos los sectores interesados opinen libremente y sean escuchados. James Buchanan, otro Premio Nobel de Economía, propone el consenso como criterio de eficiencia.
Sancionar la ley imponiendo que el 10% de las ganancias empresarias sea para el personal despojaría a los propietarios y directivos de los beneficios de sus actividades.
Distorsión
La norma distorsiona los incentivos para la toma de decisiones. Quien aporta capitales en un país ya demasiado incierto, debe compartir las ganancias (pero no las pérdidas) que logre conseguir con el personal. A su vez, los empleados, por medio de los sindicatos, controlarían la contabilidad, las decisiones y las ganancias. Por eso no se ha impuesto ley similar en ninguna nación civilizada. Ningún país dispone que un porcentaje fijo de las utilidades de las empresas sea para el personal, de un día para el otro, elevando de hecho las retribuciones. Una sociedad despojada de empresas, de golpe, se encaminaría hacia la pobreza y la incertidumbre. Como toda ley de impuestos, debiera tener un código para definir conceptos y procedimientos. En el proceso de diseñar tales reglas, se abriría un sinfín de nuevas disputas donde los sindicatos ganarían control.
La aplicación de la ley generaría grandes asimetrías. Empresas intensivas en personal, frente a las intensivas en capital; las de alto riesgo y profesionalidad respecto de las de beneficios constantes y de control más sencillo. En el caos subsiguiente, las actividades, la inversión y la productividad se desplomarían. Una vez más, los argentinos habremos devorado a la gallina que pone los huevos de oro.


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