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Sobre el amor en todas sus formas

Doce relatos en los que el autor, filósofo y narrador Oscar Lavapeur (h), muestra el amor como lo que mueve a hombres y mujeres, da o quita la vida, calma o arrasa, sana o enferma. El clima de los textos va de la ternura a la violencia, sin dejar de lado algunas cuestiones que han tratado de la literatura a la psiquiatría y el psicoanálisis, como son el incesto («La búsqueda») o el triángulo amoroso («Travesía»), que Rene Girard llevara a sus más profundos discernimientos teóricos, y que aquí tienen versiones desarrolladas por una pluma que privilegia la descripción sutil, sugerente, evitando el impacto fácil.
En los cuentos de Lavapeur el amor puede provenir de una platónica (en realidad los socráticos diálogos de «El Banquete») altura espiritual (en «Te necesito más que nunca»), o esconder entre sus pliegues la mácula de una oscura bajeza, muchas veces producto de la confusión de sentimientos y no de la maldad («Dos tenues estrellas»).
Desde un estilo sobrio, el autor pareciera empeñado en rescatar la belleza y la hondura que moran en el fondo de los conflictos abordados. Y pese al desencanto o melancolía que emanan de algunos de sus cuentos, subyace el convencimiento de que son las conductas amorosas las que determinan la vida de los seres que protagonizan esta docena de historias. Cabal ejemplo de esto es «Corina», un relato buscadamente conmovedor. Hay a la vez en los cuentos de Lavapeur una atmósfera porteña que se muestra en el humor y en los gestos de los personajes («Dios es soltero») y una obsesión, segura herencia de su condición profesional, por el tiempo, perceptible en «Como es», «La historia central» y «La estoy mirando mientras duerme».
Afortunadamente, las dudas, fantasmas y temores del autor no derivan en densos discursos filosóficos. Cada relato y cada personaje se apoyan en acciones que privilegian la progresión dramática en pos de un objetivo literario y antidiscursivo. El parámetro es el cuento «Travesía», que da título al volumen, con personajes que sobrellevan su particular cinismo con el convencimiento de la inexorabilidad del destino. Si su atmósfera recuerda ligeramente al film de Roman Polanski «Perversa luna de hiel», no es casualidad. Podría verse como su forma de reunir curiosos opuestos: romántico y macabro, terrible y bello, inexplicable e inevitable.
C.A.


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