25 de julio 2011 - 00:00

Statu quo y mala oferta K: las razones del resultado

Antonio Bonfatti se convirtió ayer en el segundo socialista que gobernará Santa Fe. Derrotó, por décimas, a Miguel del Sel. Muy lejos quedó Agustín Rossi. Esa derrota profundiza una secuencia maldita para la Casa Rosada: otro traspié, extremo, de su candidato en una provincia.

Las razones del triunfo de Bonfatti son variadas: combina factores particulares de Santa Fe, como los tropiezos organizativos y políticos del FpV, con elementos genéricos, en especial el fenómeno recurrente de la imbatibilidad de los partidos de Gobierno.

Fue, sobre el final, un voto a voto entre Bonfatti y Del Sel, la sorpresa más impactante del domingo que en los pronósticos figuraba en un cuerpo a cuerpo contra Rossi pero terminó a unos pocos votos de derrotar al socialista. Veamos: 

1. Oficialismos. Vía Bonfatti, heredero explícito del actual gobernador Hermes Binner, Santa Fe aporta a la solidez de un fenómeno que parece convertirse en regla: la victoria de los oficialismos. Desde que, el 13 de marzo, comenzó la secuencia de elecciones provinciales se votó en nueve distritos: salvo en Catamarca, justamente el primer turno del calendario, en las ocho provincias restantes se impusieron los partidos (o incluso los candidatos) que estaban en el Gobierno. Esa tendencia al statu quo expresa un nivel de bienestar de los votantes, no desvinculado de marcos económicos en general positivos, que invitan a no arriesgar con el recambio de la administración. El fenómeno se registra, salvo Catamarca, indistintamente del vínculo entre esos partidos o candidatos con la Casa Rosada. En Salta, Juan Manuel Urtubey arrasó con perfil propio; Fabiana Ríos se impuso, ajustadamente, como versión silvestre del kirchnerismo (y derrotó a la ultra-K Bertone); Mauricio Macri destrozó a la oferta del FpV; el peronista Luis Beder Herrera se impuso sin sombras en La Rioja y Maurice Closs, el radical K, barrió con todos en Misiones, incluso el candidato del peronismo K, Luis Viana. La nacionalización de la elección, en todos lados, no fue inocua pero fue relativa y, en general, poco trascendente: lo prueba que las ofertas kirchneristas que desafiaron a oficialismos -en Neuquén, Misiones, Tierra del Fuego, Chubut, Capital y Santa Fe (podría agregarse, también, a la lista que Julio De Vido y Hugo Moyano patrocinaron en Salta)- fracasaron sistemáticamente, salvo por la victoria de Lucía Corpacci y Dalmacio Mera en Catamarca. 

2. Autonomías. Las victorias de los oficialismos expresan, además, criterios autónomos: al final, la ola K no bastó para derrotar a Mario das Neves en Chubut, al margen de los movimientos de acercamiento que inició Martín Buzzi con la Casa Rosada, ni para destronar a la fueguina Ríos que, incluso, logró dar vuelta la elección en el balotaje. Dominó, al final, el criterio de la autonomía local: los ganadores más contundentes, Beder Herrera, Closs y Urtubey, forman parte del dispositivo K pero con matices y criterios propios, además de perfiles y lineamientos en muchos aspectos antagónicos a la Biblia cristinista. En Santa Fe, como en Capital, esas particularidades fueron más lejos: una pretensión, consciente o no, de exponer una postura distintiva frente a la propuesta, promovida por el kirchnerismo, de «uniformar» a la provincia dentro de eso que los coreutas K definen como modelo nacional y popular. 

3. Sin contagio. Frente a esos localismos, notables en Santa Fe, no hubo transferencia de bondades e imagen de Cristina de Kirchner a su candidato local. En Gobierno afirman que la intención de voto a la Presidente entre los santafesinos supera el 35% (no faltará quien equipare ese indicador con los votos que logró María Eugenia Bielsa, candidata a primer diputada provincial, que superó el 37% de los sufragios). A medias, con apenas una incursión en la provincia y compartido el escenario con Binner, Cristina acompañó a Rossi pero, anoticiada de los localismos y temerosa de derrotas que puedan anotarse a su nombre, arriesgó menos de lo que, en otros tiempos, arriesgó Néstor Kirchner, que en 2007 apoyó pública y reiteradamente a Bielsa, quien frente a Binner consiguió, aquel año, el 42% de los votos. 

4. Mala oferta. Rossi, en persona, aportó al desastre general: aunque se impuso con comodidad en la primaria peronista, no logró convertirse en un candidato atractivo en la elección general. Quedaba, anoche, estruendosamente debajo de lo que logró el peronismo en la interna abierta del 22 de mayo cuando, sumando sus cuatro postulantes -Rossi más Omar Perotti, Rafael Bielsa y Juan Carlos Mercier- acumuló casi 700 mil, es decir el 42,63% de los votos, superando al Frente Progresista, cuya interna (que proclamó a Bonfatti como candidato a gobernador) colectó 665 mil votos, con el 41%. En términos personales, para Rossi el costo de la derrota se supone, a priori, el más oneroso. 

5. Desajustes. Responsable visible del fracaso, Rossi padeció también el síndrome Filmus: jamás fue del todo aceptado por el ultrakirchnerismo, empezando por Cristina -en base a una leyenda de rechazo que se atribuye al expresidente-, pero además terminó cautivo de tensiones internas, potenciados por el centralismo de la Casa Rosada (por caso, un cierre de listas que dejó, como en todos lados, multitud de heridos). Esas roscas de unidad básica, o sutilezas de despacho, desdibujaron la entidad y la identidad de Rossi con un efecto consecuente en la elección. Como Filmus, no consiguió -quizá no era posible conseguirlo- el equilibrio entre su pertenencia y alineamiento a los mandatos de la Presidente y la construcción de una personalidad autónoma. Falló en ese proceso. 

6. Antagonismo. La irrupción de Miguel del Sel, fenómeno popular que transita en la senda que abrió en su momento Carlos Lole Reutemann, tiene -como mínimo- dos expresiones: contraría el relato K de la ideologización (aplicable también a lo ocurrido en Capital Federal con Mauricio Macri); y es, además, el único que manifestó abiertamente su rechazo a la figura presidencial de Cristina de Kirchner, lo que constituye en un punto un gesto de honestidad política que no tuvo, por caso, Bonfatti, que, sabedor de que una parte de sus votantes ve con simpatía a la Presidente, evitó confrontar con la Casa Rosada a pesar de que Binner es un opositor «a la europea» del kirchnerismo en la batalla presidencial.

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