3 de febrero 2012 - 00:00

Tapas, la gran pasión española

“Pincho y caña”, la conjunción de tapas y cerveza que alegra las tardes entre amigos en los bares ibéricos.
“Pincho y caña”, la conjunción de tapas y cerveza que alegra las tardes entre amigos en los bares ibéricos.
Lo primero que tiene que hacer un turista que aterriza en España es ir de tapas. No es muy difícil que cualquier visitante recién llegado a la península se dé cuenta de que, si hay algo más típico que los toros y el flamenco para los ibéricos, son esas famosas porciones de comidas variadas que todo bar que se precie de tal tiene en exposición en su barra.

Como el expresso italiano o la hora del té inglés, las tapas son un punto neurálgico en la vida de todos los españoles. Generalmente, se comen antes del mediodía o a la tardecita acompañadas por la famosa fórmula «pincho y caña», es decir, una tapa y un vaso de cerveza. Así, es muy común ver a los españoles al mediodía en bares pidiendo un «bocadillo de tortilla», tapa típica si las hay. Por supuesto, este tentempié no será el almuerzo para los golosos ibéricos; a eso de las dos de la tarde vuelven a comer con dos platos, para sorpresa de los argentinos, mucho más frugales.

También es muy común salir del trabajo a la tarde y, en vez de tomar un café con medialunas, empezar directamente con las famosas cañas y porciones de revuelto de calamares, tostadas con jamón ibérico, chorizo a la cerveza o las más variadas versiones de morcillas. Así, irse de pinchos, de tapas o de alifaras (según el lugar de España que sea) implica iniciar un largo peregrinaje vespertino o nocturno por los bares y fondas de una ciudad. A contramano del sedentarismo argentino y la costumbre de permanecer horas en un solo bar con un par de cafés o cervezas, los ibéricos son dinámicos a la hora de salir: la visita en cada bar se centra en comprar un pincho y una caña y luego pasar a otro para seguir la ronda.

Según cuentan -los españoles son grandes cuentistas, especialmente porque todavía se puede percibir en muchos lugares esa tradición de pueblo, de familiaridad y narrativa oral- fue el rey Fernando II de Aragón (esposo de la famosa Isabel) el verdadero iniciador de las tapas. La leyenda indica que, de camino a Cádiz, los Reyes Católicos pararon a descansar en una fonda que estaba repleta de moscas. Para evitar que éstas afectaran las bebidas de los monarcas, el dueño de la taberna tapó sus copas con una feta de jamón, pero Fernando, en vez de desecharla, la comió con el vino. Ése fue el primer «pincho y caña» de la historia de España, aunque otras versiones cuantan una historia similar, pero protagonizada por Alfonso X «el Sabio», gobernante del siglo XIII. Lo importante en todo caso es que las tapas significan tanto para los españoles que hasta les dieron orígenes monárquicos.

Desde esos tiempos hasta la actualidad las tapas han sabido convertirse en un momento inevitable de la vida cotidiana. A su popularidad en los últimos años se ha sumado también el prestigio: el famoso chef Fernán Adriá comenzó a reversionarlas como entradas de sus glamorosos platos y no pasó mucho tiempo para que Valladolid (capital de la provincia de Castilla y León, al norte de Madrid) inaugurara su propio Festival Internacional del Pincho y la Tapa. El encuentro se organiza todos los años alrededor de noviembre y en él compiten más de 300 variedades de pinchos. Una propuesta inmejorable para glotones y caminantes: recorrer todo un día los bares de la ciudad probando tapas de competición en cada parada. Eso sí, lo único que hay que evitar es manejar en el regreso a casa. Y tener preparado un antiácido para el día siguiente.

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