29 de octubre 2010 - 02:19

Todos esperan ahora que Cristina mueva

La Presidente se rodeó en el velorio de ayer de familiares, legisladores, funcionarios y gobernadores, entre ellos, Daniel Scioli, quien la saludó acompañado de su mujer, Karina Rabolini.
La Presidente se rodeó en el velorio de ayer de familiares, legisladores, funcionarios y gobernadores, entre ellos, Daniel Scioli, quien la saludó acompañado de su mujer, Karina Rabolini.
El luto, el dolor, la contundencia de la plaza y su mensaje parieron ayer una tregua a la espera de que, en los próximos días, Cristina de Kirchner deslice indicios o señales sobre cómo, y desde qué trinchera, reconfigurará el dispositivo político K.

La metabolización, por parte de la Presidente, de la pérdida de Néstor Kirchner, su socio político, irrumpió ayer como la más incierta e indescifrable incógnita. Y el universo K se congeló atento a qué Cristina surgirá luego del drama y la ausencia.

En los despachos, en el Patio de las Palmeras, en el vip detrás de la capilla ardiente, cuando el impacto dejaba lugar al análisis de lo que viene, ésa era la pregunta central y repetida. «¿Qué hará Cristina? ¿Qué querrá hacer? ¿Con quiénes?».

En un aparte, reunidos en una oficina de la planta baja, José Luis Gioja, Luis Beder Herrera y Maurice Closs trataron de desmanejar ese intríngulis futuro. «Vamos a estar unidos. Ahora tenemos que ver qué hace ella», se preguntó uno de esos mandatarios. En un rincón, secreteaban Jorge Capitanich y José María Díaz Bancalari. Al rato, lo hacían Daniel Scioli y Juan Carlos Mazzón. El salteño Juan Manuel Urtubey, en ronda con un grupo de funcionarios, arriesgaba una alternativa. «Va a armar una mesa política».

Carlos Zannini, el «Chino», el único del planeta K que tenía acceso irrestricto a la mesa de decisiones del matrimonio, se movía inquieto de un lado a otro. Agustín Rossi no tenía respuesta para los diputados que lo rodearon en el Patio de las Palmeras.

La oficina de Florencio Randazzo tenía un tránsito infernal. Aníbal Fernández, en los pocos momentos que se refugió en su despacho, jamás estuvo solo. Tenía otra tarea: soplar al oído a Cristina, parada frente al féretro, los visitantes que llegaban.

Fue quien le avisó del arribo de Hugo Moyano y le preguntó si podía saludarla -en otros casos fue Oscar Parrilli quien se encargó de ese oficio-. Ella asintió, pero el saludo con el jefe de la CGT fue frío. En torno a esa distancia se tejieron, de inmediato, especulaciones.

Quebrado, Julio De Vido regresó a la capilla ardiente a media tarde. Por la mañana, había estado junto a la Presidente y sus hijos, Máximo y Florencia. Muy temprano, otro pingüino, Rudy Ulloa, se derrumbó en un sofá. «Lloraba como un chico», dijo un funcionario que lo asistió.

Observado, Amado Bou-dou llegó después de las 15. «Estuvo, en persona, monitoreando los mercados», lo excusó un ladero. Había sido, durante la mañana, objeto de intrigas y conjuras. Circuló la versión de que sería reemplazado por De Vido. «Un delirio», dijo una fuente oficial.

Gabriel Mariotto, el escudero que los Kirchner eligieron para espadear con la ley de medios, entró y salió varias veces. «Lo que pasa ahí afuera es increíble, impresionante», contaba, entre impactado y dolido, a funcionarios y legisladores.

Esas instantáneas, cruzadas por el estupor y el dolor, no alcanzaban para apagar la gran incógnita: cómo, y sobre todo a través de quiénes, Cristina de Kirchner montará un esquema que trate de ejercer la ciclópea tarea de contención y armado que ejercía su marido.

Definir las terminales, es decir, los intermediarios, voceros y/o negociaciones que actuarán en su nombre. De algún modo, a la corporación política, porque jamás lo hizo antes, le cuesta imaginar que sea ella, en persona, quien se haga cargo de esos menesteres. En la incertidumbre, de boca en boca, quizá para refutar el oscurantismo, circuló una frase. «Está bien, entera. El proyecto sigue en pie. Es ella», contaba un funcionario, remontando 2011. Citaba, como usina del comentario a Héctor Icazuriaga, jefe de la SIDE y ladero habitual, junto a Juan Manuel Abal Medina, de Kirchner en los últimos meses.

El «Chango», nacido en Chivilcoy, mudado a Santa Cruz -quizá porque operaba como el edecán de Kirchner en sus diálogos políticos en Olivos- era mencionado, ayer, junto a Zannini y De Vido como parte del anillo que escoltará a Cristina sin Kirchner.

Aníbal Fernández y Florencio Randazzo, y gobernadores como Capitanich y Gioja, sonaban como otros componentes de esa mesa. En algunos círculos se agregaba, también, a Moyano. El camionero aparecía como la única figura de esa nómina incluida no por cercanía o empatía con Cristina, sino por necesidad.

El otro interrogante, de una dimensión abrumadora, abarcaba a Scioli y al PJ bonaerense. El cacicazgo de la provincia emitió, rápido, sus telegramas. Pedían, a los gritos, alinearse detrás de un scrum: Cristina presidente, Scioli gobernador. Ese esquema, dicen, da garantías de triunfo.

Sobre el bonaerense -que tuvo su aparte con Carlos Kunkel- caía lluvia ácida. Los últimos sacudones en su relación con el ex presidente (tras bambalinas también se mencionó, al igual que con Moyano, la frialdad con que lo saludó) regresaban como balas envenenadas.

Cristina, ajena, seguía junto al féretro de su marido y socio político. Destinataria exclusiva de los gritos de apoyo, estaba sólo enfrascada en la despedida de su compañero. En otra hora, nadie sabe cómo ni cuándo, mostrará sus cartas.

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