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Tras el dolor, el dilema es quién ocupa vacío político
Mensajes, fotos y flores inundaron ayer la Casa Rosada en recuerdo del ex presidente.
Hacía horas, Julio Cobos había balbuceado su voto no positivo cuando Cristina de Kirchner reunió, en Olivos, a los diputados K. Habló, en medio de la tempestad, de resistir. Al final, Carlos Kunkel se acercó y le lanzó la frase citada al inicio de la nota.
- Hoy nació una dirigente -le dijo-.
- No me vengas con eso, Kunkel -le retrucó ella.
- Vas a ver.
La dimensión es otra (dramáticamente otra) pero la anécdota que rememora la peor hora presidencial -y su recuperación con la mística cristinista que ese proceso aportó- se reactualiza frente al vacío político que abrió, ayer, la muerte de Néstor Kirchner.
Sin el patagónico, el planeta K pierde a su artífice, ejecutor y sostenedor político, oficio que emprendió más allá de su condición de jefe del PJ. Era, a veces de manera visible, otras secretamente, el comisario político: armaba, pactaba, premiaba y castigaba.
Liberó de esos menesteres, no siempre gratos, a su esposa. Era Kirchner quien establecía, mediante el diálogo o el silencio, los términos del vínculo entre el Gobierno y la jerarquía sindical, los gobernadores, los jefes del PJ bonaerense y el cacicazgo piquetero.
Sin tregua ni recreos. Anteanoche, su retiro en El Calafate, se lo interrumpieron, a dos teléfonos, Hugo Moyano y el ministro del Interior, Florencio Randazzo, entreverados en un asunto de quórum y faltazos en la reunión del PJ bonaerense en La Plata.
El camionero sospechaba el desaire de la corporación del peronismo pero no imaginó que ninguno de los cinco funcionarios nacionales, además de José «Pepe» Pampuro, se ausentarían contribuyendo, por desidia o mala intención, al «desquórum» partidario.
Llamó, en un alto de la reunión, al ex presidente y luego a Randazzo. Ese ministro, y su segundo Eduardo Di Rocco, junto a Aníbal Fernández, Julián Domínguez y su vice, Andrea García, se ausentaron en masa de la cumbre partidaria. Conspirador serial, Moyano entrevió un complot.
Ese episodio refleja que, aunque Cristina no era ajena a esos entresijos, Kirchner absorbía, como un imán, las disputas de índole política y partidaria. Existía un acuerdo ad hoc, natural, para repartir tareas: la Presidente gestionaba; Kirchner diagramaba el soporte político de la gestión.
Su ausencia, entonces, despoja al planeta K de su principal ordenador. Quién ocupará ese vacío es el dilema primordial de lo que viene. ¿Puede hacerlo Cristina? No ha sido, en su derrotero político, una tarea que le apasionó ni, tampoco, está entrenada en esos oficios.
Es más: considerada menos pragmática que su marido, más visceral, el propio Kirchner recordó alguna vez que su esposa se opuso, tenazmente, a que en 2003 él selle un acuerdo con Eduardo Duhalde para convertirse en su delfín contra Carlos Menem.
En lo que viene, la Presidente deberá interceder en persona o montar un dispositivo que opere en su nombre. La política, más allá del dolor y la conmoción, no se detiene. Implacable, el peronismo había comenzado a desafiar a Kirchner. ¿Dispondrá una tregua?
Centralista, de vínculos radiales, equilibrista pero también desaforado -eran un clásico sus retos telefónicos a funcionarios y dirigentes- quizá sólo su esposa, la Presidente, quizá nadie, conozca los términos de su empatía con soldados y socios.
¿Quién, y cómo, oficiará de comisario para engarzar el entramado político K donde abundan figuras antagónicas? Temido, venerado y odiado, Kirchner era quien controlaba los resortes para que, aun con sacudones y conflictos, el esquema no implosione.
Cuando se despeje el estupor, Cristina de Kirchner deberá revisar aquellos contratos -o fijar nuevos- que sostenían la empatía entre Kirchner y, por citar un caso emblemático, Hugo Moyano, con quien la Presidente tuvo, salvo un espasmo a fines de los 90, una trato distante.
Enfermo, desafiante de los pronósticos médicos, el patagónico comenzó ayer a ser ensalzado por la tropa K, mucha silvestre, que se movilizó aquí y allá, a la categoría de mártir y hasta Moyano lo incorporó a una trinidad peronista junto a Juan y Eva Perón.
Inevitable, el vacío deberá ser ocupado. Desde 2003, el patagónico corporizó en su figura las negociaciones o batallas. Jamás delegó, salvo tercerizaciones menores, a lo sumo como «previa» al acuerdo de fondo.
A lo sumo, Alberto Fernández fue quien logró algún margen de autonomía y autoridad para actuar en nombre de. Carlos Zannini, el «Chino», último invitado al círculo de las decisiones, se desentendió hace tiempo de esos menesteres.
Los ministros con currículum político, Aníbal Fernández y Florencio Randazzo, funcionaban, y sólo en ocasiones, como espadones o correo.
La configuración del dispositivo que, en torno a Cristina de Kirchner, o encarnado en ella misma, opere para regular, compensar y garantizar la cohabitación de tribus dispares, es el principal factor de intriga que, pasada la conmoción, deberá resolver la Presidente.
Como un karma, la impronta de su marido -que le heredó Gobierno y conflictos- desdibujó a la primera Cristina, la que transitó entre su asunción y la crisis, casi terminal, de la 125. Con su renacer, construyó una imagen propia: sepultó, por caso, aquello del doble comando.
Sin Kirchner, el kirchnerismo pierde a su indiscutible jefe político. El desafío, para la Presidente, sin la escolta de su marido, será evolucionar de su condición de «dirigente», según le pronosticó una tarde crítica, Kunkel, a un escalón mayor: la de jefa política.


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