22 de septiembre 2014 - 00:00

“Traviata” platense mejor en lo musical

“La traviata” regresó, ahora con suerte, al Argentino de La Plata, en una versión musical que va a fondo en todos los planos y en el potencial sonoro de la partitura verdiana.
“La traviata” regresó, ahora con suerte, al Argentino de La Plata, en una versión musical que va a fondo en todos los planos y en el potencial sonoro de la partitura verdiana.
"La traviata", ópera en tres actos. Música: G. Verdi. Libreto: F. M. Piave. Coro y Orquesta del Teatro Argentino de La Plata. Puesta en escena, esc. y vest.: W. Landin. Dir. musical: C. Vieu (Teatro Argentino de La Plata, 19 de septiembre).

Con una producción visualmente lujosa y una realización musical de alto nivel, "La traviata", obra maestra de Verdi y Piave, volvió a un Teatro Argentino que lucha por resurgir. Después de la frustración que significó la cancelación de este mismo título hace poco más de un año, la concreción de esta nueva versión resulta una noticia doblemente buena.

El drama de la cortesana de generosidad infinita, novedoso giro que los autores de "La traviata" dieron a la figura de la heroína romántica (que deja así de ser una figura mítica para estar inmersa en la sociedad contemporánea), puede ser abordado desde muchos puntos de vista.

La propuesta de Willy Landin enfatiza la importancia de lo material para la burguesía parisiense a través de una deliberada desproporción entre personajes y objetos: sobre un dispositivo único compuesto por un gigantesco tocador, un par de valijas y otros elementos de diseño bellísimo (obra del mismo Landin, al igual que un vestuario magnífico) e impecable factura se desarrollará la trama.

El recurso tiene la insalvable desventaja de agrandar la distancia material e inmaterial entre el escenario y la platea (y desfavorecer además a las voces menos potentes, algo que en una acústica problemática como lo es la del Teatro Argentino siempre debe ser tenido en cuenta).

"La traviata" es en el sentido humano una tragedia íntima cuyo efecto se diluye en un contexto como éste, en el que la sensibilidad del espectador se ve compelida a franquear una barrera, la que esa mirada distante impone. De todas maneras el oficio y la inteligencia de Landin para la marcación tanto de los detalles como del conjunto quedan en todo momento en evidencia. La iluminación de Sandro Pujía otorga calidez a los espacios y la coreografía de Analía Clark responde bien a la estética general.

Elizabeth Blancke-Biggs, única presencia foránea en los dos elencos, lleva adelante un descollante trabajo como Violetta Valéry en una interpretación intensa de este personaje tan complejo. Su voz excepcional brilla y se despliega con gran caudal en la mitad superior de su registro y su agilidad es eficaz en la coloratura, pero del centro hacia abajo su emisión se torna ruda y mucho menos agradable. Darío Schmunck compone con sensibilidad y delicadeza a Alfredo, exhibiendo emisión segura y una línea de canto siempre bella.

Completando el trío principal Omar Carrión aporta su experiencia en el papel de Giorgio Germont y Eugenia Fuente (Flora), Sebastián Angulegui (Douphol), Patricio Oliveira (Gastone), Sebastián Sorarrain (Marchese D'Obigny), Roxana Deviggiano (Annina) y Mauricio Thibaud (Grenvil) llevan adelante impecables trabajos. En sus breves intervenciones no desentonan Carlos Iaquinta (Giuseppe), Felipe Carelli (Mensajero) y Leonardo Palma (Criado).

Artífice de una versión musical que va a fondo en todos los planos y el potencial sonoro de la partitura verdiana, Carlos Vieu demuestra una vez más su pericia y su conocimiento del estilo y también su excelente "rapport" con la Orquesta Estable, transmutado en un rendimiento excepcional, al igual que el del Coro Estable preparado por Hernán Sánchez Arteaga. En la paleta de colores e intensidades del aspecto musical se hallan la profundidad y la trascendencia de las que carece lo escénico.

Dejá tu comentario