En un bar está por comenzar un espectáculo de stand up. Está en Cesarea, pequeña ciudad de la costa de Israel, pero podría ser en cualquier parte, porque el stand up comedy está de moda. Se van a reír con un actor que se para a decir chistes encadenados. Acá, el actor es arrojado a la escena. Es su trabajo. Es su despedida, su último espectáculo. Y es su cumpleaños. Cumple 57 años. Es bajito, anteojudo, un Woody Allen desconocido y en decadencia. Lleva pantalones rotos, botas viejas y sucias como el Carlitos de las películas de Chaplin. Ese Chaplin que según Borges ofrecía un humor minuciosamente judío. Ese humor que es una de las riquezas del pueblo judío, un bien que adquirió con los padecimientos sufridos en su historia, y que lo llevó a la inclinación a reír aun en medio de las peores adversidades. Un humor que se toma a sí mismo como blanco.
En un bar están hablando un italiano, un francés y un judío de cómo hacen gozar a su mujer. El francés cuenta que la unta con aceite de Normandía y que luego del sexo la deja gritando 5 minutos más. El italiano hace lo mismo, pero con aceite de oliva y ella se queda gritando durante 10 minutos más. Y él judío cuenta que la unta con grasa de ganso y ella grita durante horas. ¿Cómo logra eso? Me limpio las manos en las cortinas. Un viejito está llorando y le preguntan qué le pasa. Cuenta que conquistó a una mujer de 30 años, bellísima, que hacen el amor mañana, tarde y noche, que son muy felices. ¿Entonces por qué llora? Es que salí a dar una vuelta y no me acuerdo dónde es mi casa. Chistes inesperados, fáciles, inteligentes, burdos, ingeniosos, groseros, fuertes, aparecen cada dos por tres en los labios y en la vida diaria de Dóvadeh Greenstein. Pero habrá otro humor, el que lo lleva a provocar al público al estilo de Lenny Bruce o Enrique Pinti. Siempre le han dicho que el gran juez de un espectáculo es el público. Pero él se ha traído su propio juez. Un juez de verdad, aunque esté jubilado, Avishay Lazar, un amigo de la infancia, que no veía desde hacía 45 años. Quiere que juzgue su actuación. Y saber qué le sucederá cuando revele íntimos secretos. La humillación de su pobreza en la infancia, su padre peluquero y buscavidas, su amada madre que logró escapar del Holocausto, y que vivía escondiéndose para que Dios no viera que seguía viva. De la vez que le dijeron que uno de su padres había muerto, pero no cuál era y tuvo que ir al entierro, y se pasó pensando si prefería que se hubiera muerto su padre o su madre.
Hay alguien entre el público, que va y viene, y termina escapando a medida que Dóvadeh se vuelve incisivo, cuestionador, entra en temas políticos, en la hipocresía del mundo, en los muertos que cada uno carga. Es una mujer que conoció a ese Dóvadeh que hoy parece rencoroso, hiriente, feroz, pero en el que queda algo de aquel chico tierno que caminaba sobre sus manos para hacer reír a su melancólica madre, que sentía que el mundo estaba dado vuelta.
La Cesarea es también, para Dóvadeh, una cesárea, un nuevo parto. Gracias a la catarsis existencial de ese espectáculo de despedida, de ese monólogo descarnado, Dóvadeh siente que puede finalmente volver a andar sobre sus pies. Dejar de lado ese escudo con el que trató de proteger su fragilidad humana, su sensibilidad, para defenderse de la agresividad, de la crueldad, de la vulgaridad, a veces haciéndolas suyas, adoptando ese estilo ruin, disfrazándose de lo que no era, diciendo que pensaba lo que no pensaba.
Candidato permanente al Premio Nobel, el gran escritor israelí David Grossman fusiona en esta obra las dos máscaras del teatro, comedia y tragedia, salta de una a otra. Como en Shakespeare, como en Philip Roth o en el católico Henrich Böll, las opiniones de un payaso cumplen la función de denuncia envuelta en papel de regalo. Con "Gran Cabaret" produce una mutación estilística, mezcla lo dicho con lo pensado, con lo actuado (adopta fórmulas de Saramago), regresa el chiste a la literatura (recupera al carnavalesco Rabelais) sin abandonar su poética, y reitera que la risa es el mejor antídoto contra la irracionalidad, el autoritarismo y la intransigencia.
| M.S. |


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