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Un capítulo de nuestra historia a través del arte
Arriba, el retrato de Felisa Bellido de Onrubia cuya donación al Fernández Blanco motorizó la actual muestra Fernando García del Molino. Abajo, el de Agustina Rosas de Mansilla (hermana de Rosas), que según hipótesis recientes, podría no ser de ella sino de Manuelita Rosas.
El retrato relata la historia del pintor de la sociedad de entonces, el "pintor de la Federación", el más cercano a Juan Manuel de Rosas. No obstante, replegada dentro de esa historia está la de Felisa Bellido, una joven de 18 años casadera y de gran fortuna, que adquirió altísima visibilidad a través de la pintura. (Según los investigadores, el retrato la habría ayudado a encontrar marido) Por lo demás, en el año 2012 y a partir de esa obra de García del Molino se comenzó a gestar una muestra que acabó por marcar un hito. No sólo por la extensa cantidad de obras del retratista pertenecientes al patrimonio público que se logró reunir sino, además, por la puesta en marcha de la aceitada interacción de distintas jurisdicciones estatales y la iglesia. Así se descubrieron piezas que permanecían ocultas u olvidadas y que juntas configuran un capítulo importante de la historia del arte argentino.
En el recorrido de la exhibición se advierte que el valor estético de las obras crece con los años, el artista con sus altibajos- alcanza su madurez al promediar el siglo XIX. Un dibujo del perfil de Rosas ya en el exilio británico, es, sin duda, la obra más intensa. El dibujo del personaje al que García del Molino había retratado tanto, fechado entre 1867 y 1875, muestra el orgullo, la mirada profunda y el gesto todavía terco en un rostro cansado, ajado, envejecido. El pintor capturó esta vez la psicología del personaje.
Al estudio de los valores estéticos y estilísticos de la exhibición, se agrega el innegable valor documental. La donación determinó establecer nuevas atribuciones, obligó a mostrar las relaciones entre los diversos artistas de la época; deja a la vista el uso que se hacía del retrato, la circulación de las imágenes y la relación entre el arte y la política durante el rosismo. La evidencia de los ambientes sofisticados donde posaban los retratados acaba por probar el acierto de las investigaciones de Marcelo Pacheco en sus libros dedicados al coleccionismo (I y II), donde contraría las teorías de la sencillez y el provincialismo de la clase alta argentina en sus consumos y estilos de vida. Al promediar la centuria, las casas de los criollos no estaban blanqueadas con cal.
A través de las imágenes resulta fácil entender cuestiones del arte del siglo XIX que aún permanecen en la sombra. Es preciso tener en cuenta que los escritos de José León Pagano sobre García del Molino se remontan al año 1948.
En la actualidad, las hipótesis que se abren son varias e interesantes. Según las nuevas comparaciones, el retrato de Agustina Rosas de Mansilla (hermana de Rosas y madre de Lucio V. Mansilla) podría no ser el de ella sino el de Manuelita Rosas.
Otro espacio para destacar es el exquisito gabinete con las miniaturas y el de las vistas de los pueblos de la provincia de Buenos Aires.
La exposición es el resultado de muchos esfuerzos mancomunados, para comenzar, el del director del Fernández Blanco, Jorge Cometti y los curadores Gustavo Tudisco y Patricio López Méndez; ellos contaron luego con el imprescindible apoyo de Eleonora Juareguiberry (subsecretaria de Cultura de San Isidro/Museo Pueyrredón). Luego, Lía Munilla y Marcelo Marino sumaron su aporte.
"Esta es la prueba de las maravillosas exhibiciones que se podrían realizar si trabajaran en conjunto los museos históricos, en ocasiones relegados y con escasos fondos", observa con entusiasmo un historiador. La muestra reúne piezas del Fernández Blanco y el Pueyrredón, el Museo Histórico Nacional, el Complejo Museografico Enrique Udaondo, el Museo Eduardo Sívori, el Histórico Cornelio Saavedra, el Nacional de Bellas Artes, el Fondo Nacional de las Artes, el Museo Provincial de Rosario Julio Marc, el Convento de Santo Domingo, el Museo Franciscano Monseñor Fray José María Bottaro, el de Santa Fe Estanislao López y el Centro Naval. Por lo pronto, la exposición que en la primavera se traslada al Museo Pueyrredón de San Isidro, debería partir a otros museos del país. El problema son los onerosos seguros, pero mostrar nuestra historia a través del arte puede tener alcances educativos y sociales insospechados.


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