El feriado de ayer en Wall Street (las Bolsas europeas y norteamericanas tuvieron una jornada alcista; de las bajas de calificación hablamos mañana) conmemora a un hombre que tuvo un sueño, el sueño de que todos los hombres somos iguales y merecemos el mismo respeto en todos los aspectos. Días atrás oímos al ministro de cierto régimen neofascista afirmar a un grupo de periodistas aliados/pagados que, cuando vota, el pueblo no se equivoca. Uno de los aspectos que evidencian a estas regencias es adjudicarles a las elecciones el poder divino y sobrenatural de la infalibilidad, implicando por extensión que los hados o Dios apoyan y están detrás de cada acto del Gobierno y sus representantes (no es más que una reedición de la teoría de que el poder real es de origen divino y por lo tanto el rey no se equivoca ni está sujeto a las leyes de los hombres). La idea es tan endeble que con sólo mencionar una administración fallida o despótica el concepto de la legitimidad -divina o terrena- por el número de votos cae por tierra. Desde la lógica y a los fines de esta columna, lo que nos molesta es la inconsistencia neofascista en el tratamiento de las personas y sus actos. Mientras -si ganan- adscriben a las decisiones políticas del pueblo un poder incuestionable, mágico y perfecto, en las decisiones económicas consideran a la gente como minusválidos seres irracionales que sólo pueden encontrar la felicidad con el control, la regulación y la guía del Estado (es decir, ellos). Es como si las elecciones políticas de cada uno y todos fuesen movidas por una incuestionable y bondadosa mano invisible y las decisiones económicas, por una maligna mano perversa (una visión cáustica diría que lo que buscan los neofascistas es controlar la economía para sojuzgar a la población y robarle impunemente derechos y riqueza). Irónicamente, en el mercado financiero tenemos también a nuestros neofascistas en aquellos que a pesar de decirse libremercadistas sostienen que el mercado adelanta, el mercado no se equivoca, etc. La verdad es que no hay ninguna magia y de manera individual y colectiva, en lo personal, económico o político, los seres humanos a veces acertamos y otras nos equivocamos. Al menos eso creía MLK.
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