22 de diciembre 2008 - 00:00

Un equipo sin concesiones al ala más progresista

Nueva York - A falta de un mes para su llegada a la Casa Blanca, Barack Obama ha cuadrado el círculo de su futuro Gobierno con una clara apuesta por la diversidad -cinco mujeres, tres hispanos, tres afroamericanos, dos republicanos- y con una mayoría de centristras pragmáticos, muchos de ellos reciclados de la era Clinton, con escasas concesiones a las bases progresistas.
Siguiendo las líneas maestras del equipo de rivales de su admirado Abraham Lincoln, Obama abrió las puertas de su gabinete a recientes competidores (Hillary Clinton, Joe Biden, Bill Richardson), incluyó visiones contrapuestas en capítulos como la energía y el trabajo, y evitó una ruptura radical con la era Bush, como lo demuestra su elección para secretario del Tesoro (Tim Geithner) y sobre todo la permanencia de Robert Gates al frente del Pentágono.
Los analistas echan de menos una clara dirección y advierten que la falta de coherencia y unidad pueden dinamitar, desde adentro, la administración Obama.
«Obama impulsará el debate, pero no tolerará el fraccionamiento», advertía el sábado en el New York Times el estratega David Axelrod, el futuro Karl Rove de la Casa Blanca. Axelrod anticipó que la prioridad absoluta del nuevo gobierno será «la recuperación de la economía a largo plazo», y advirtió que Obama estará al volante en todo momento.
Axelrod justificó la inflación de asesores presidenciales de primer rango -del jefe de Gabinete Rahm Emanuel al director del Consejo Nacional Económico Lawrence Summers- como una indicación de que Obama quiere contar con «un personal de alto calibre» para ayudarlo.
Obama ha recibido hasta la fecha más parabienes de los republicanos que de los progresistas. El propio Dick Cheney lo felicitó por su «equipo de seguridad», reforzado por el marine James Jones como consejero de Seguridad Nacional.
El nombramiento de Hillary Clinton como secretaria de Estado ha provocado también recelos entre los votantes demócratas, quienes no perdonan su voto a favor de la guerra de Irak y recuerdan las diferencias en política exterior que mantuvo con Obama durante las primarias. El ascenso de la próxima embajadora en la ONU, la afroamericana Susan Rice, la que contará con un asiento reservado en el gabinete, se interpreta como un intento de contrapesar el poder de Hillary Clinton.
Como en un gordo tardío de la lotería de Navidad, la única bola realmente progresista que sacó Obama fue la de Hilda Solís, la sindicalista hispana -hija de inmigrantes mexicanos y nicaragüenses- que es la encarnación viva del «sí se puede». El gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, vuelve a Washington en calidad de secretario de Comercio y a la espera de futuros premios. La tercera espada hispana es el senador por Colorado Ken Salazar, que aceptó ser secretario de Interior sin quitarse el sombrero de cowboy.
Salazar, partidario de perforar en el interior y en las costas a la busca de petróleo, pone el contrapunto -al más puro estilo Obama- al secretario de Energía y Premio Nobel Steven Chu (el segundo secretario de origen asiático, junto al general Eric Shinseki, al frente de Asuntos de los Veteranos). Chu toma las riendas de la nueva energía con su reputación científica y su experiencia en el cambio climático.
Obama mandó otra señal muy clara sobre el volantazo energético con el nombramiento de Carol Browner, confidente de Al Gore, como coordinadora en «política del clima». La directora de la Agencia del Medio Ambiente, Lisa Jackson, sube por su parte a la categoría de «miembro del gabinete» (otros dos expertos en el calentamiento global, el físico John Holdren y la bióloga marina Jane Lubcenco, ocuparán puestos clave en la futura administración). El afroamericano Eric Holder, implicado en el indulto al financista Marc Rich en la era Clinton, será el nuevo rostro de la Justicia norteamericana si logra superar la prueba de fuego en el Senado.

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