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Un logrado thriller poético

El londinense Jasper Gywn es un escritor de éxito, sus novelas le han dado mucho más que un buen pasar. Había sido durante un tiempo afinador, la profesión de su padre, hasta que se puso a escribir. Ahora, a los 43 años, como colaborador de «The Guardian», declara que hay 52 cosas que no piensa volver a hacer, la última es volver a publicar una novela. Cuando Tom, su agente literario, lee esto se desespera. Gwyn no sólo es uno de sus autores de mayor venta sino tambien un amigo que conoció en un bar tomando whisky y hablando de Hemingway. Pero Gwy ha decidido pasar a otro oficio.
Al año descubre que quiere ser copista, aunque no sabe qué es eso. Un día por casualidad en una galería de arte tiene una epifanía, se le revela que en realidad lo que desea es ser retratista, copista de gente. No sabe como se hace eso, porque no es pintor. Lo que quiere es hacer retratos escritos de gente. Y para eso empieza por montar un posmoderno atelier. Y le pide a su agente literario que le pase como su asistente a Rebecca, una colaboradora de 27 años, una gordita amante del tango que se podría llegar a ver en un cuadro de Botero. Y, de pronto, tras ese discurrir demasiado convencional, demasiado leído, demasiado para el talento de un escritor como Vila-Matas, la novela pega un giro y cobra altura. Se vuelve una atrapante cinta de Moebius, hace pasar el relato, sin que uno casi no se de cuenta, de Gwyn a su asistente Rebecca, para volver a Gwyn y su mundo.
Entremedio Gwyn discute con una venerable anciana que conoció un día al pasar, y ahora es su fantasma preferido, conoce una perra que se llama Martha Argerich, conoce a un viejito genio de las lamparitas que iluminan del modo que uno desee y durante el tiempo que se requiera, recupera a Tom como el amigo de copas, recuerda al pasar un hijo que abandonó por el camino, y establece el arte del retrato que busca realizar, de un modo nunca hecho. Quiere capturar el alma del retratado, llevarla de regreso a la casa que dejó atrás, «porque no somos personajes, y menos los que imaginamos ser, somos historias». Somos «el bosque caminado, aquel ser que nos incordia, el barullo que hay alrededor, toda la gente que pasa, el color de las cosas, los ruidos, porque somos un montón de cosas, y todas ellas juntas». Y lo que busca capturar Jasper Gwyn es la simultaneidad vivida, el paisaje que somos, reunir lo pictórico con lo narrativo para dar una visión múltiple del retratado. Hasta que la retratada número once, una inesperada ninfa, una niñita procaz, le hace saltar por los aires el proyecto a Mr Gwyn.
El autor de «Océano mar», «Seda» y «Novecento» en su octava novela convierte el testimonio existencial (de alguien que quiere dejar de ser aquel que es), en un thriller poético donde logra muchas veces concentrar en una frase una emoción, o dejar caer una frase sentenciosa del tipo «cuando alguien muere, a los demás le corresponde vivir también por ellos, y no hay nada que resulte más adecuado».
El escritor turinés, que odia a Proust, se decide a detener el tiempo, a convertir a un voyeur en un explorador del alma ajena que pone a sus modelos en la desnudez del tiempo vivido y en los acosadores fragmentos de la propia memoria que han quedado grabados en su piel.
M.S.


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