29 de julio 2011 - 00:00

Un Schubert memorable en el Colón

Con arias de Händel, Angelika Kirchschlager no cumplió las expectativas que generaba su debut en Buenos Aires, y recién hacia el final, con lieder de Schubert, alcanzó su mejor perfil.
Con arias de Händel, Angelika Kirchschlager no cumplió las expectativas que generaba su debut en Buenos Aires, y recién hacia el final, con lieder de Schubert, alcanzó su mejor perfil.
Teatro Colón, Abono Bicentenario. Camerata Bern. Angelika Kirchschlager (mezzosoprano). Obras de M. Wettstein, G. F. HTMndel, A. Vivaldi y F. Schubert (Teatro Colón, 26 de julio).

Gran expectativa había generado el debut en Buenos Aires de la cantante Angelika Kirchschlager, una de las mejor posicionadas en el circuito europeo. Junto a ella se presentaba la prestigiosa Camerata Bern (Suiza), cuya performance en el saldo general del concierto del martes para el Abono Bicentenario del Colón fue deslumbrante de principio a fin, cosa que no puede decirse de la brindada por la mezzo austríaca.

El inusual repertorio propuesto comenzó con Verdis Traums (El sueño de Verdi), del suizo Martin Wettstein. De lenguaje deliberadamente tonal, la obra va dejando escuchar ecos de las escenas de las brujas y otras instancias del «Macbeth» verdiano, reelaboradas con oficio aunque con relativa audacia. La Camerata brindó una versión incomparablemente precisa de esta partitura.

Visiblemente nerviosa, Kirchschlager interpretó en esta primera parte cuatro arias de HTMndel: «Svegliatevi ne core» y «Cara speme» («Giulio Cesare»), «Si, tra i ceppi» («Berenice») y «Lord, to thee» («Theodora»), convenciendo más por sus recursos expresivos que vocales. Efectivamente, una extraña utilización del maxilar inferior y los labios -seguramente un recurso para oscurecer un color claro por naturaleza- le restó uniformidad a su emisión, sus notas graves no siempre tuvieron la sonoridad necesaria y otras sonaron ostensiblemente «empujadas». Así lo entendió el público del Colón, que despidió a la cantante con tibios aplausos. Entre ambos bloques de arias, la orquesta ofreció un refrescante «Concerto grosso en Do» de Vivaldi.

El punto más alto estuvo sin dudas en la memorable interpretación de el cuarteto «La muerte y la doncella» de Schubert (versión para orquesta de cuerdas de Mahler), donde el ensamble suizo mostró todo su potencial expresivo (sorprendente fue el efecto que se logró, por ejemplo, con ciertos pasajes sin vibrato), exhibió un empaste perfecto y sorteó algunas trampas que implica la ejecución con varios instrumentos de aquello que Schubert escribió para uno solo, como las semicorcheas del primer violín en una de las variaciones del segundo movimiento.

La sección dedicada al compositor austríaco se completó con siete de sus Lieder orquestados por Gregor Huber en los que Kirchschlager alcanzó su mejor perfil (su emisión se volvió más directa y su extraordinaria inteligencia interpretativa se mostró en todo su esplendor), y donde la Camerata Bern tuvo otra actuación maravillosamente delicada.

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