El ideólogo es Aníbal Fernández. El quilmeño ingresó en julio y en agosto dos proyectos para modificar la Ley de Extranjería y la ley electoral. El objetivo se anuda en permitir el voto de los jóvenes de entre 16 y 18 años, y de los extranjeros con más de dos años de residencia.
El universo ronda los 3,3 millones de nuevos votantes. En 2010, según el Censo de ese año, había algo más de 1,6 millón extranjeros radicados en el país. En tanto, la banda etaria que va de los 16 a los 18 abarca estimativamente 1,7 millón de jóvenes.
Sumados representan un caudal de 3,3 millones. El padrón de 2011 contó con 28,9 millones de electores. La concurrencia fue del 79,4%, equivalente a casi 23 millones de votantes. Los votos válidos fueron de 21,9 millones.
La propuesta de Fernández es que esos dos grupos tengan el derecho, pero no la obligación, de votar. Como se trata de una normativa federal, se refiere exclusivamente a cargos electivos nacionales. Es decir: la fórmula presidencial, además de diputados y senadores.
Si menores de 18 y extranjeros decidieran votar masivamente, el padrón se acrecentaría en más de un 10%. Pero se trata de dos variables diferenciadas: si el proyecto se convierte en ley, los jóvenes se sumarían automáticamente al padrón electoral.
En cambio, según el proyecto K -que fue girado a la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara alta, que preside el neuquino Marcelo Fuentes-, los extranjeros deberían pedir su inscripción al registro de votantes.
Existen, a nivel distrital, pistas para rastrear antecedentes. En la provincia de Buenos Aires está vigente desde los años 90 una ley que permite el voto extranjero para cargos provinciales y municipales. En 2011, por primera vez, se aplicó la obligatoriedad del voto.
En Mendoza, semanas atrás, el gobernador Francisco «Pa- co» Pérez anunció el diseño de una reforma constitucional que, además de introducir la reelección, incorpora el sufragio opcional de los mayores de 16 años.
Fernández, en los fundamentos, menciona la «ampliación de la ciudadanía» y le dedica, en especial, un tramo al voto joven donde no falta un panegírico sobre el presunto «crecimiento de la participación política de los jóvenes» desde la jura, en 2003, de Néstor Kirchner.
El senador tomó como base el modelo que aplicó Lula da Silva en Brasil. La referencia anima lecturas y analogías: por un lado, porque el PT lulista detectó, como el kirchnerismo, altos niveles de adhesión en el planeta juvenil, lo que amplió las chances de Dilma Rousseff.
Hay otro doblez. Una de las teorías K, frustrada la reelección o ni siquiera intentada, supone que en 2014 la Presidente se lanzaría a promover a un heredero de su estirpe política como hizo, suelen decir, «Lula con Dilma». Hasta ahí la comparación.
La mayoría de las encuestas refleja que en el universo menor a 25 años es donde el Gobierno K obtiene los más altos niveles de adhesión. A partir de ahí empiezan las especulaciones y los cálculos. Veamos:


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