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Uso interesado de la carta militar
Pero Chávez, que todo lo ajusta -desde modificar el huso horario en media hora, hasta hacer repintar los retratos del héroe nacional Simón Bolívar para que su caballo no corcovee hacia la derecha (una afrenta al socialismo del siglo XXI)-, ahora adecuó esta efemérides venezolana a sus tiempos políticos. Con bandas militares, milicianos en verde oliva y fusil al hombro, el líder bolivariano busca instalar en el imaginario colectivo una refundación de Venezuela, por la que los orígenes de la patria serían tan revolucionariamente socialistas como él quisiera fuera hoy el pueblo venezolano.
Es la reacción frente a signos de debilidad y desgaste, como muestra el consenso popular que, según algunas encuestas, de mayoritario descendió a un 30%. O las defecciones partidarias, como la de Honoré Facón, el gobernador (estado Lara) más votado en las últimas elecciones, que acaba de cruzar de trinchera (del chavista PSUV -Partido Socialista Único de Venezuela- al PPT -Partido Patria para Todos, de izquierda) infligiendo un cisma de envergadura a la estructura de soporte político-electoral del chavismo.
Frente a ese deshilachamiento de su entramado político y popular, Chávez podría haberse inclinado por la negociación de consensos, pero eligió el camino de la fuerza. O de la demostración de fuerza. «Chávez tiene el concepto militar de que el poder no se comparte», dice desde Caracas el analista político Alfredo Maldonado. «Tenía dos caminos: o transigir y buscar alianzas, como pudo hacer con el PPT y no quiso, o ir para adelante sólo con quienes están dispuestos a bajar la cabeza, como el Partido Comunista de Venezuela», agrega ante la consulta de este diario.
Según Maldonado, el chavismo copia «descaradamente las prácticas consagradas en los regímenes totalitarios, como son los desfiles de las milicias, que tienen un tufillo que las asemeja a los de Corea del Norte», mientras que «el uso y abuso de las franelas rojas (usadas por partidarios y milicianos) trae a la memoria las camisas pardas y negras del fascismo». Para este analista, incluso el nuevo uniforme de comandante «es una copia, mal hecha, del único y auténtico comandante», en referencia a Fidel Castro. «Todo está hecho de manera forzada», concluye.
Quien, en cambio, no forzó su imagen fue Raúl Castro ayer en Caracas. El mandatario cubano no lució su uniforme militar, seguramente para no opacar al venezolano. También, claro, para estar en sintonía con los otros invitados ilustres: los presidentes de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, República Dominicana, países integrantes del ALBA, además de Cristina de Kirchner.
La Presidente tuvo a su cargo el discurso en el Palacio Legislativo, corolario de un día en el que Chávez no sólo hizo desplegar a «rojos-rojitos» y milicianos para acompañar a los uniformados venezolanos que desfilaron bajo el rugido de los tanques y aviones Sukhoi rusos. También, para que quedara bien claro en dónde tiene puesta la mira geopolítica, marchó una columna militarizada proveniente de Bielorrusia.


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