5 de febrero 2009 - 00:00

Zaffaroni, imán de todas las intrigas

Eugenio Zaffaroni
Eugenio Zaffaroni
«Tienen que hablar con Zaffa». En el invierno de 2006, la Casa Rosada hervía: un rumor voceaba la anulación de los indultos y se esperaba que Néstor Kirchner firmara un decreto o envíe al Congreso un proyecto para borrar lo que antes había decretado Carlos Menem.
Se creía inminente y ante la oleada de pedidos y consultas de organismos de DD.HH., el entonces presidente pedía orientar las expectativas a un fallo de la Corte Suprema. Y, por simulación o convencimiento, remitía a Eugenio Zaffaroni. «Tienen que hablar con Zaffa», apodaba.
Pasado el tiempo, el penalista dejó -como la Corte- de ser previsible para Kirchner. En estos días, es el imán de todas las intrigas: recrudeció su tironeo con Ricardo Lorenzetti, se entreveró feo con Daniel Scioli y coquetea con un regreso explosivo a la política.
De arranque, Zaffaroni inquieta a propios y extraños con el amague, todavía virtual, de dejar la Corte luego de firmar «dos o tres fallos importantes». Esa es la cruzada, de resultado impreciso, a la que puertas adentro de la Corte está enfocado el cortesano.
En confianza, se dice propietario de cuatro votos y, con eso, digitador de una mayoría «semiautomática» en el Tribunal: se mueve en sintonía con Carmen Argibay y Carlos Fayt, y en los temas más espinosos, incorpora el voto definitivo de Enrique Petracchi.
Ese conteo -a veces variable- limita a Lorenzetti, el titular de la Corte, que debe compartir protagonismo mediático de Zaffaroni y, a dúo con Juan Carlos Maqueda -Elena Highton de Nolasco es el tercer voto de ese grupo-, pulsea para imponerle al Tribunal una impronta menos estridente y más autónoma.
El duelo de cortesanos tiene, como actor de reparto, al Gobierno. Sin Alberto Fernández, la Casa Rosada se quedó sin interlocutores. Carlos Zannini dialoga con Lorenzetti; Sergio Massa, a veces, con Zaffaroni. No alcanzó eso frente a fallos como el de libertad sindical.
Confusión
El ministro de Justicia, Aníbal Fernández, no acierta modo y lenguaje para establecer un vínculo sostenido. Quizá sea su naturaleza: no logra con la Corte lo que logró con la Federal. No rankea Carlos Kunkel, delegado K en el Consejo de la Magistratura.
La dispersión siembra confusión. En Gobierno hay dos miradas sobre qué sector de la Corte es más prudente.
Así y todo, el penalista tiene un vínculo dual con Kirchner. Por eso el pánico del ex presidente de que Zaffaroni se vuelque -reza para que no sea este año- a un armado de centroizquierda. Algo es claro: en la cosmogonía del cortesano, Kirchner no figura entre las estrellas progresistas.
A la hora de las fantasías electorales, que lo muestran con simpatías al club que ordena Fernando Pino Solanas, Zaffaroni se guarda un deseo inconfesable: ser jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No creo, sin embargo, que eso sea posible.
Sí, en cambio, se imagina como el promotor esencial de una reforma constitucional que transforme el sistema presidencialista argentino en un régimen parlamentarista. Vueltas de la vida, en ese pliego del pensamiento coincide con Eduardo Duhalde.
La empatía, azarosa, con Duhalde es lo único que lo une al peronismo de Buenos Aires sobre quien gatilló sus críticas días atrás. Eligió a Daniel Scioli como blanco: cuestionó la idea de bajar la edad de imputabilidad y su política con la Policía Bonaerense.
Logró lo que pocos: que el gobernador responda entre la refutación y la consideración. Puede resultar útil explorar otras voces de las cercanías de Scioli. «Zaffaroni hizo fracasar el sistema judicial argentino», salió a gritar el sciolista Guido Lorenzino.
Diputado del FpV y miembro del Consejo de la Magistratura bonaerense, Lorenzino es uno de los -pocos- voceros legislativos de Scioli. Promovió el jury contra el juez Schiavo por su visión garantista. Todo se une: «Schiavo es un producto de Zaffaroni», llegó a decir. Centro de todas las intrigas, el cortesano espera. Todavía no declaró el poskirchnerismo.

Dejá tu comentario