El incremento de acciones criminales violentas realizadas por jóvenes, han otorgado vigencia a las crónicas de Javier Sinay reunidas en “Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez”, Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón, 2009, obra que ahora se reedita ampliada. Premio Gabriel García Márquez, Javier Sinay es periodista, estudió Ciencias de la Comunicación, fue editor de la versión argentina de la revista Rolling Stone y ha publicado los libros “Camino al Este”, “Cuba Stone” y “Los crímenes de Moisés Ville”. Dialogamos con él.
El asesinato juvenil en la mirada de Javier Sinay
El autor acaba de reeditar ”Sangre joven”, su libro de crónicas criminales, con actualizaciones correspondientes a algunos hechos de los últimos años.
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Javier Sinay. Autor de “Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez”.
Periodista: Sus crónicas no pierden actualidad...
Javier Sinay: No han parado de agregarse casos, algunos los menciono en el epílogo, como el de los rugbiers en Villa Gesell o el de Nahir Galarza en Gualeguaychú. A los seis casos de la primera edición ahora agregué otros dos: “Rápido. Furioso. Muerto” y “Sangre de amor correspondido”; sumando a los que menciono en el epílogo son más de veinte.
P.: Cuando señala que “un homicidio no solo expone a la persona que lo ejecuta y a quien lo sufre, sino también a la sociedad que lo engendra” lleva a pensar en el reciente intento de magnicidio.
J.S.: De un modo u otro la sociedad siempre está involucrada. Los crímenes en los colegios en los Estados Unidos, los de los “school shooters”, tiene marcado carácter social, los homicidas vienen de familias violentas, en sus casas tienen un arma a mano, son parte de una pandilla, tienen bajo rendimiento, hacen bullying o lo reciben. Por suerte eso no lo tenemos acá, aunque está el caso de la masacre escolar en el Instituto Isla de Malvinas de Carmen de Patagones, en septiembre de 2004. El crimen es la manera en que alguna gente resuelve mal los problemas que tiene. Por lo tanto, el crimen habla de la educación, en el sentido de lo que se aprendió sobre la vida, y eso tiene que ver con las características de cada sociedad.
P.: En los casos de su libro lo constante es la ausencia de conciencia de la ley, ¿la pandilla impulsa a sus componentes a la ilegalidad?
J.S.: Cuando empecé las investigaciones no tenía una hipótesis que quisiera demostrar. Todo lo fui entendiendo a medida que hacía el trabajo. Muchos de esos pibes sienten que la ley, el mundo de los adultos y de las convenciones sociales, está muy lejos, que le es ajeno, es la otredad, y actúan de manera primaria. Me llamó la atención que algunos jueces, cuando condenan a estos jóvenes asesinos, ponen como atenuante “falta de experiencia de vida”, pero no hace falta tener mucha experiencia de vida para saber qué sucede si se mata a alguien, aun en los casos que pudieran considerarse impulsivos, como se ve en muchos capítulos del libro. Los puntos de partida son variados, los celos, la codicia, la envidia, la omnipotencia, la frustración, la figuración, el hacer propias falacias. Lo irracional, lo primario, lo impulsivo, que en la juventud está a flor de piel, tienen en el amor y el odio dos combustibles fuertes que atraviesan todas las épocas.
P.: ¿Es la pasión por el vértigo lo que lleva a las drogas, las motos, la acción impulsiva?
J.S.: El vértigo tiene que ver con la actitud adolescente de la rebeldía, de buscar romper los límites, de ver hasta dónde se puede y hasta dónde no. Una cosa es probar un límite con un cigarrillo y otra ir a robar con un revólver en la mano.
P.: Escribe: “La línea que separa lo habitual de lo atroz es muy delgada”.
J.S.: Cuando se ve eso provoca una sensación indescriptible. En el reciente intento de magnicidio el click click de gatillar el arma, el tiro que no sale, nos pone ante el mundo tremendo y violento que podría haber venido a continuación. Esa línea absolutamente frágil, está a punto de romperse en diversas situaciones. Me estremece pensarlo.
P.: ¿Qué le quedó después de escribir “Sangre joven”?
J.S.: Desesperanza, y preguntas de cómo salir. Y no tengo respuesta. No creo que haya una única respuesta, y las que se suelen hilvanar no resultan convincentes. Fue beneficioso para mí que el padre de Federico Ponce, una de las víctimas de la masacre de Carmen de Patagones, me hiciera tomar conciencia de que yo estaba trabajando con historias reales y que el único modo de contarlas era con respeto por los implicados, y con la precaución de saber que quizá no voy a terminar de entender a la gente sobre la que estoy escribiendo. Es duro admitir que uno puede estar frente a jóvenes psicópatas manipuladores, que se llenan de ira y frustración incontrolable cuando algo no les sale bien, pero hay que admitirlo.
P.: ¿Qué caso es el que más lo marcó?
J.S.: El primero, “Los amantes de Villa Pueyrredón”, por eso el libro se lo dediqué a Federico Medina, la víctima. Me marcó porque fue el primero que investigué. No pude hacerlo de inmediato, cuando ocurrió, ya que en principio la causa era muy reservada porque eran menores de edad. Después ya pude. El libro es la consecuencia de las ideas que me dejó ese caso, que me impresionó por la cercanía. Yo iba a la misma discoteca que Federico Medina, y tenía pocos años más que él. Pensé: ¿qué pasa si armo una serie de crónicas donde los crímenes cuenten de una generación, de dónde salieron estos pibes, qué problemas tenían? Ese impulso me llevó a investigar los siete casos siguientes, para ofrecer un panorama que muestra la complejidad del universo juvenil y cómo interviene el lugar y la situación de víctimas y victimarios.
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