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El otro acuerdo: un sueño de la UCR rebelde que atrasa 12 años

No habrá Cambiemos ampliado: no lo quiere Lavagna y Macri tampoco lo aceptaría. Delirios de radicales que perdieron el camino en la provincia de Buenos Aires. La incógnita cordobesa de nuevo.

Juan Schiaretti comenzó a ejercer su rol de ordenador del peronismo racional mucho antes del domingo pasado cuando aplastó con votos a toda la política cordobesa. En marzo de este año tuvo un primer encuentro con Roberto Lavagna en el que le auguró una buena vida dentro de Alternativa Federal, pero antes lo mandó a la PASO. Repitió el mismo consejo (casi en tono de orden) un mes después. Desde ayer esa función la ejerce de pleno derecho con el resultado de la elección como confirmación y, de alguna manera, inicia la práctica de una versión revisada de las relaciones que Schiaretti mantuvo dentro y fuera del peronismo cuando fue electo gobernador en 2015.

El domingo a la noche Mauricio Macri llamó por teléfono al gobernador de Córdoba para felicitarlo. No era para menos. El triunfo fue aplastante y está claro que Schiaretti tenía a Córdoba absolutamente ganada desde hace tiempo; la división del radicalismo en la provincia no hizo más que poner en evidencia los errores que cometió Cambiemos en la provincia. Así no puede negarse que si la Casa Rosada no se hubiera inmiscuido en el armado de la UCR, allí el papelón quizás podría haberse morigerado. Fuera de todas esas especulaciones, en Córdoba ganó una buena gestión (que se ve con sólo recorrer la provincia) y el refinado ejercicio de Schiaretti de mantenerse alejado de los desvaríos del peronismo K, no sólo una convicción del gobernador, sino también una exigencia del voto de los cordobeses.

Macri y Schiaretti se conocen desde hace mucho tiempo; cuando recorrían los caminos de la industria automotriz. Es decir, bastante antes de que ambos se hubieran lanzado a la política como candidatos. En 2015 Córdoba hizo presidente a Macri en el mismo ciclo electoral que lo hizo a Schiaretti gobernador.

Por eso ayer el triunfador no se apartó una décima de su decisión estratégica de mantener el triunfo como local. “El cordobés que votó ayer para nosotros puede votar a un candidato a presidente de otro partido”, insistió ante radios.

Desde esa posición será faro de la organización de Alternativa Federal. Parece extraño que Lavagna pueda seguir en su pretensión de ser candidato ungido por aclamación sin someterse a una PASO. Hay socialistas, peronistas y hasta radicales que aún lo animan a eso. Difícil que el combustible político alcance para una movida de este tipo con las reglas que imperan por estos días en el peronismo no K.

Cristina de Kirchner está lejos de estas olas. Ni Schiaretti, ni Córdoba la quieren. Quienes se acercaron a Lavagna nuevamente ayer fueron los progresistas y radicales díscolos que buscan una alternativa a Cambiemos. Es increíble que alimenten ese sueño y hayan olvidado lo que le sucedió a la UCR en 2007, cuando cerró un acuerdo con Lavagna para la presidencial llevando al jujeño Gerardo Morales como candidato a vicepresidente. El problema para ellos con esa elección no fue el resultado: 16,91% en un tercer puesto al que fueron relegados por Cristina de Kirchner con 45,28% y Elisa Carrió con 23,05%, Lo degradante del tema fueron las peleas públicas posteriores a través de los medios entre los integrantes de esa fórmula y la foto que Lavagna se sacó en la Residencia de Olivos junto a Néstor Kirchner tres meses después de la transmisión del mando, sellando allí un nuevo pacto entre ambos dentro del peronismo. Increíble que Ricardo Alfonsín, por ejemplo, no recuerde ese giro con rápido regreso de Lavagna al redil PJ tras el ensayo fallido con los radicales.

Quien gana tiene el derecho a elegir y, hasta ahora, el único ganador que puede subirse al podio mayor es Schiaretti. Lo saben Miguel Pichetto, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey el propio Lavagna.

Macri mira de afuera y espera a que el voto cordobés de nuevo le dé un guiño. El problema es que si bien Córdoba sigue rechazando al kirchnerismo con la misma fuerza que en 2015, no puede decirse que el apoyo al Presidente, tras las frustraciones económicas y el desgaste de estos años, vaya a ser suficiente para, aunque sea en menor proporción, volver a hacer la diferencia. Esa es la incógnita mayor en la Argentina de estos días.

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