13 de febrero 2004 - 00:00

A los 90, continúa trabajando leyenda del cine nacional

A los 90, continúa trabajando leyenda del cine nacional
C onocedor, práctico y saludable, Juan Carlos Garate ha cumplido 90 años y sigue yendo todos los días a su trabajo en la dirección de Argentina Sono Film. Mas aún, a su oficina del primer piso va por la escalera. ¿No le duelen las rodillas? «Todavía no», dice con voz firme. Y explica: «Los médicos recomiendan seguir. Además hay que ganar unos mangos, cosa siempre difícil. Y aparte, ¿para qué voy a molestar a Olga quedándome en casa como si fuera un viejo jubilado?». Olga es la actriz Olga Zubarry, su esposa. Y él es, todavía, el hombre fuerte que colocó películas argentinas por toda Latinoamérica, produjo en tiempos difíciles, discutió con medio mundo, y aún derrocha energía. Buscamos que nos contagie un poco.

Periodista:
¿Cómo empezó su relación con el cine?

Juan Carlos Garate: ¿A qué me viene, amigo? ¿A hablar de Historia? Si quiere le cuento. Mientras estudiaba para perito mercantil, conseguí un rebusque como control de boletería para la Sono. Un día debí vigilar «Riachuelo», un éxito de Luis Sandrini, en el cine «25 de Mayo» de Villa Urquiza.Al verme joven, el dueño de la sala me quiso hacer el verso. Me di cuenta, reclamé, y entonces me liquidaron debidamente hasta el último centavo. Volví sintiéndome poco menos que un héroe. Ahora bien, el dueño de Sono, don Angel Mentasti, recibía a los controles a las once de la noche en una mesa de la confitería Opera.Y no me dejó explicar nada. «¿Sacaste lo tuyo, pibe? Me lo explicas otro día».Y se metió la plata mía y de los demás en el bolsillo, sin contarla. Ni recibo, ni miedo de que lo roben.


P.:
Raro caso de empresario bohemio.

J.C.G.: Recién en 1938 se formó Sono Film SA, porque hasta ese momento Sono era un nombre de fantasía a nombre de Angel Luis. Era muy difícil hacer testamentaria del viejo Mentasti. Yo hice los libros, y estaba en el ejecutivo.


P.:
Antes, se recibió de doctor en ciencias económicas con medalla de oro.

J.C.G.: Tesis laureada porque planteaba problemas hasta entonces poco tratados, sobre el negocio del cine. Cuando vino el examen de tesis, el decano (que había sido ministro de Hacienda, como se decía entonces a Economía), en vez de hacerme defender mi tesis preguntaba «Pibe, ¿es cierto que Libertad Lamarque gana tanto?» y cosas por el estilo. También entré a Impositiva como inspector de réditos, y al Ejército, donde llegué a teniente de Intendencia. Horario bastante liviano de 7 a 13, me iba, dejaba las espuelas y la espada en el auto, me ponía otro abrigo, y entraba de tarde en Sono. Un día tuve una pelotera con un general, entonces llamé a don Atilio (sucesor de don Angel y casado con una prima mía), arreglé un buen contrato por teléfono, y pedí la baja. El general me preguntó el motivo. «No estoy acostumbrado a que me traten a los gritos», le dije.


P.:
Cruzó a pleno la época de oro del cine criollo.

J.C.G.: Llegamos a trabajar tres turnos seguidos, e hicimos una pequeña industria sin la menor necesidad de subsidios estatales. Era inconcebible pensar en subsidios. Hasta que vino Perón, y con él las leyes sociales que aumentaron los costos. Entonces hubo un arreglo. Por decreto, diez centavos de cada entrada iban a la Fundación Eva Perón. La mitad, para la Asociación General de Productores de películas Argentinas, repartiendo entre las empresas en función de los jornales pagados. Sin vueltas, no había evasión, no había que intimar a nadie. El día que cayó Perón, quedamos perdidos.


P.:
Y encarcelados.

J.C.G.: Por esas alcahueterías que aparecen en las revoluciones. Yo, precavido, andaba con mi valijita con una muda de ropa, el pijama, y la máquina de afeitar. Por suerte cuando caí se enteró un ex compañero de rugby, que había entrado a Investigaciones, y enseguida dijo «Al negro Garate no me lo meten en cana». Un día casi entra una patrulla de la Libertadora. «¿A qué vienen, si no hay un mango?», dijimos, y se fueron. Pero después nos clausuraron todo, pusieron franja a todos los armarios. Qué vamos a hacer, dimos vuelta los armarios, les destornillamos el fondo, y sacamos los papeles que necesitábamos para seguir trabajando. La clausura nunca se levantó, pero a los dos o tres años ya nadie se acordaba. Hay nombres que hoy son preclaros, que me los guardo, pero que entonces jodieron bastante. Jóvenes. Después nos hicimos amigos.


P.:
Los acusaban de haber sido properonistas.

J.C.G.: Es que en aquel momento, si no estabas con Perón no estabas en ningún lado. Recuerde los caramelos «Mu Mu», que les ponían cucarachas por ser contreras. Con el peronismo también tuvimos problemas, porque después de llenar mil formularios nos daban permiso para importar película virgen, pero nos prohibían manejar divisas. Lo discutimos mucho con el gerente del Banco Central, con Gómez Morales, ex compañero de facultad, y con Cereijo, ex compañero de banco. Prohibido manejar divisas. Yo debí comprar película en Chile y traerla en el Trasandino, dándole un mango a un despachante de aduana, un mango a otro... Una vez me agarraron en Brasil, llevando plata de noche a los barcos de la marina mercante... Al final abrimos una cuenta corriente en Nueva York, mandamos ahí la plata de la explotación latinoamericana, e importamos de ese modo.


P.:
Usted viajó toda Latinoamérica.

J.C.G.: La caminé mucho, igual que a la Argentina. Era lindo viajar. Le decía al exhibidor «El año próximo hacemos dos de Libertad Lamarque, una de López Lagar, etcétera, calculá una ganancia de tanto, cerremos trato, dame el 20 por ciento de anticipo. Y así teníamos para hacer las películas. Nuestro cine gustaba mucho. En Chile estrenaron «Adiós Pampa mía» , con Alberto Castillo, en una sala, y al otro día ya estaban pidiendo tres copias más, para otras tantas salas que también la querían. Acá pagaban en efectivo o en pagaré, porque entonces el pagaré era plata. Una vez en Cuba me pasó algo impresionante.Voy a negociar con un distribuidor que cubría por lo menos tres países, me dice «voy a las nueve a tu hotel:, cae a las once, me invita a un trago, era el mostrador más grande que he visto en mi vida, de ahí a comer y tomar un vino, y así como tres días, sin concretar nada. Me cansé, le digo «arreglé con un mexicano porque vos me hiciste perder mucho tiempo». El tipo fue y le pegó un tiro en la pierna al mexicano. Que se asustó y no me llamó más, así que tuve que arreglar con éste. Ahora el hijo sigue en el negocio, suerte que con otros métodos.


P.:
También fue productor con sello propio.

J.C.G.: El problema fue así. Como desde Alvear en adelante acá nos ingeniamos para hacer mal las cosas, en cierto momento el gobierno daba crédito para una sola película por empresa. Así una empresa con estudios, personal, y gastos fijos recibía tanto como Torre Nilsson, que era el factotum de la idea. Entonces hicimos Selecciones Huincul (Garate, Lucas Demare, Pondal Ríos), Producciones GSL (Garate, Mario Soffici, Larrain), o JCG, etcétera, y terminaba apareciendo que Sono manejaba los gastos «por cuenta y orden de JCG», por ejemplo. Al final, para «La caída», el propio Torre Nilsson sacó un crédito, lo cedió a la Sono, y se lo maneje yo, así que terminamos amigos.


P.:
¿Cómo eran, realmente, algunos próceres de nuestro cine?

J.C.G.: Torres Ríos era fenómeno, eludiendo los cables hizo «Campo virgen» en el Camino de Cintura; Viñoly Barreto un poeta, nada razonable; Demare estaba siempre en el detalle; Manuel Romero un hombre de la noche, un burrero que llegaba dos horas después de lo indicado y se iba dos horas antes, pero hacía todo rápido y bien: «Oíme pibe, ¿no te hago el plan de rodaje? Quedate tranquilo».


P.:
¿Alguien lo sacó de quicio?

J.C.G.: La española Marujita Díaz, qué quilombera. En el rodaje de «La pérgola de las flores» vivía amenazándonos, «Van a ver cuando venga mi marido». El marido era Antonio Gades, que llegó y dijo «No, Marujita, los señores tienen razón». ¿Qué pasaba? Que venía a romper con ella, porque ya andaba con Rocío Durcal o con Marisol, no recuerdo bien. Al final esta mujer se mandó mudar, la que aparece en la última toma enancada con Antonio Prieto es cualquier otra. Y peor fue Antonio Vilar, un tipo piola pero muy maldito. Debíamos filmar los exteriores de «Los hermanos corsos» en las sierras de Córdoba, y él no quería ir. Adrede perdió el avión. Lo puse en el camarote del tren, y se bajó del otro lado. Al día siguiente lo metí en mi coche y lo llevé a la fuerza. Paramos en un pueblo. ¿Qué quiere comer? Caracoles. Llega, y en la escena de una pelea casi ahoga al partenaire. Una perrada tras otra. Ya nos tenía a todos inflados. Rodamos las últimas tomas un domingo a la tarde, y las arruinaba de puro gusto. Los obreros estaban hartos, querían escuchar el partido Boca-River. Al fin terminamos, y ahí mismo, con el director Leo Fleider (que después hizo las de Sandro) lo corrimos a pedradas.


P.:
Perdón, ¿el director y todo el equipo corrieron a pedradas a la estrella de la película?

J.C.G.: Y lo dejamos escondido en el monte, vestido de hermano corso, que venga la noche y lo agarren los changos, porque creo que era medio... Después apareció, reconoció que había estado mal, nos pidió disculpas, y nos hicimos amigos. También hemos pasado malos momentos en la empresa, no crea, yo le estoy contando los buenos.


P.:
Y lo bueno es que siempre termina en buenas relaciones con todos.

J.C.G.: ¿Qué vamos a ser? ¿Montescos y Capuletos? Son sólo negocios.


Entrevista de Paraná Sendrós

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