Así es la magia de Hollywood: una película de nueve horas de duración pero dividida en tres partes, «El señor de los anillos», arrasó en su capítulo final con la totalidad de los Oscars y estableció un récord, cuando en sus dos partes anteriores sólo había logrado algunos premios secundarios. Más aun: el capítulo inicial, «La comunidad del anillo» (2001) apenas ganó dos Oscar, uno de ellos el de «Edición de sonido» (rubro para el que no estuvo nominada anteanoche), y «Las dos torres», en 2002, entre sus cuatro categorías ganadoras, se contó la de Mejor Fotografía, para la que tampoco estuvo nominada este año.
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¿Qué pasó entonces para que «El retorno del rey», conclusión de, repetimos, la misma película, tuviera semejante victoria, y que no fuera elegida en dos de los rubros por los que sí ganó en años anteriores? ¿La falta de un contendiente de peso enfrente? ¿Tardía reacción de los votantes, amor por Tolkien, reconocimiento a los millones de dólares recaudados desde su estreno? Desde luego, todas y cada una de estas cosas; pero, sobre todo, esa encantadora arbitrariedad de Hollywood (sin la cual no sería lo que es), que año tras año da por tierra con todos aquellos pronósticos que intentan evaluar «científicamente» decisiones y fallos. Eso sí: luego de todo el dinero que recaudó «El señor de los anillos», un Oscar tan tardío parece muy difícil que pueda exprimir aun más, desde el punto de vista económico, su rentabilidad.
Así las cosas, en la 76° edición de los Oscar de la Academia de Hollywood, la saga neocelandesa de Peter Jackson no sólo fue la ganadora absoluta, sino que se convirtió en la primera película que gana en la totalidad de los rubros para los que estaba nominada, once en total, superando en ese sentido a «Ben Hur» (1959) y «Titanic» (1997), que habían obtenido la misma cantidad de Oscar aunque no ganaron en todos las categorías para las que eran candidatas.
En ese sentido, la ceremonia de tres horas y cuarenta minutos de duración terminó siendo tan monótona como previsible, y hasta forzó varios chistes del estupendo animador Billy Crystal, quien se vio obligado a decir, entre otras cosas, que ya no quedaba nadie en Nueva Zelanda a quien agradecer. Más mordaz en cambio (porque lo suyo no fue chiste) estuvo la productora de la película canadiense «Las invasiones bárbaras», Denise Robert, quien al recibir el Oscar al Mejor Film Extranjero agradeció a la Academia que «El señor de los anillos» no compitiera en esa categoría.
La abrumadora victoria del film de Jackson opacó casi todo: sus posibles contendientes, casi como premio consuelo, se llevaron las pocas estatuillas de los rubros para los que «El retorno del rey» no estaba nominada (como Fotografía y Montaje de Sonido para «Capitán de mar y guerra», Guión para «Perdidos en Tokio»), y sólo en los rubros de actuaciones, tanto secundarias como protagónicas -donde no competía la gran ganadora- hubo alguna variedad como para matizar algo la noche.
En las categorías femeninas, Renée Zellwegger superó su frustración del año pasado en «Chicago» con la victoria ahora, como actriz de soporte, en «Regreso a Cold Mountain», y Charlize Theron, por su caracterización de la prostituta asesina de «Monster» (aún no estrenada en la Argentina) fue la vencedora como Mejor Actriz.
Los actores le dieron un fuerteespaldarazo a «Río Místico» de Clint Eastwood: ganó Tim Robbins en la categoría de Actor de Reparto, y Sean Penn (otro rebelde domesticado finalmente por Hollywood: fue la primera vez que aceptó concurrir a la ceremonia) lo hizo en el rubro protagónico. El Oscar de Penn, aplaudido de pie por todo el auditorio, fue tal vez el único que produjo alguna sorpresa, ya que muchos esperaban ver subir al escenario del Teatro Kodak a Bill Murray.
«Bill, no te vayas, te queremos!» le gritó Crystal a su amigo y compañero de cuerda cómica, que disimulaba con mucho esfuerzo su frustración. No le faltaban motivos: a su edad, y luego de una trayectoria tan extensa como pocas veces recompensada, es muy difícil que se le vuelva a dar como con «Perdidos en Tokio» una oportunidad semejante.
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