• Las famosas Fallas de Valencia, con el estruendo que provocan y las varias toneladas de pólvora que estallan noche y día en auténticos festivales del petardo que se llaman «mascletá», evocan sombríamente la guerra en el Golfo. Pero al ánimo festivo de los valencianos no lo aplaca la sombra de la guerra, al igual que a los fervores intelectuales que se conjugan en estos días en un prodigioso mix. Las Fallas coinciden con el simposio internacional dedicado a reflexionar sobre el futuro del arte contemporáneo (ver nota central), y entre los participantes figuran algunos fanáticos de la cultura como el ex presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti, y entre los directores de museos de todo el mundo, Jorge Glusberg y Angel Kalemberg (Bellas Artes de Buenos Aires y Montevideo respectivamente), invitados top de la secretaria de promoción cultural de Valencia, Consuelo Ciscar.
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• La delegación brasileña en Valencia fue la más numerosa y también la que aportó mayores novedades. Entre los invitados estaba el crítico y escultor bahiano Emanoel Araujo, amigo de Caetano Veloso y María Bethania, que convirtió la Pinacoteca de San Pablo en un centro internacional durante sus diez años de gestión a cargo de la dirección. La Pinacoteca se considerada una experiencia museológica ejemplar en Brasil y en el mundo, y Araujo, que además fue el curador de la famosa muestra «Negro de cuerpo y alma», fue convocado por el flamante ministro de cultura Gilberto Gil que luego de una reestructuración de su cartera le pidió que se hiciera cargo de todos los museos nacionales y la creación de cinco nuevos espacios, con el cargo de secretario.
• Del mismo tema, el arte y sus múltiples expresiones, se habló en una comida realizada en el Antiguo Convento de Santo Domingo que en la actualidad ocupa la Capitanía del Ejército y en cuyo interior está emplazada una estatua ecuestre de Franco. Se comió allí como en los últimos días de Pompeya: uvas rellenas con roquefort, foie envuelto en hojas tiernas de manzanas y codornices glaceadas; luego, tortas, trufas al chocolate y helados, café, petite fours y licores de la región. Sanguinetti dijo que el arte «es una pasión que no me abandona, pero mi religión es Peñarol».
• El retrato del rey Juan Carlos, que dominaba un comedor con muros de piedra del siglo XVII, oyó conversaciones sobre la sonrisa de la Mona Lisa, las virtudes de Leonardo, las aberraciones de algunos artistas «performáticos», como el accionista vienés que se cortó el pene, la francesa Orlan que tomando su rostro como soporte lo altera en base a cirugías plásticas, o el alemán que realiza esculturas con cadáveres humanos. El crítico español Fernando de Castro contó sobre el artista chino Zuy Wi Hou que, en un Centro de Arte Contemporáneo de Shangai, acaba de sobrepasar todos los límites, al comerse crudo un niño que nació muerto. Nadie sabe si esas conversaciones truculentas motivaron a Sanguinetti y a Glusberg a salir corriendo rumbo a los jardines para ver los fuegos artificiales.
• Lo cierto es que el espectáculo tiene su atracción: los valencianos, junto con los chinos y los japoneses, lideran el mercado de la pólvora festiva, y en las noches de fallas el cielo se convierte en un show room donde se disputa la gloria y el mercado. En apenas 20 minutos lanzaron 200 kilos de pólvora. Estas explosiones se sucedieron por toda la ciudad hasta el 19, día de San José, cuando según la tradición se incendian las fallas, o sea, las esculturas populares instaladas en toda Valencia y culmina la onerosa apoteosis del fuego. Estos monumentos de la estética kitsch tienen un costo que oscila entre los 20.000 y los 200.000 euros y se encuentran por centenares en las calles de la ciudad. El municipio, luego del incendio, gasta más de medio millón de euros sólo en la limpieza de las calles y otro tanto es el de la iluminación, tan intensa que resulta difícil distinguir el día de la noche.
• Las mujeres «falleras» usan vestidos que cuestan fortunas pero, según cuentan los propios valencianos, si es necesario piden un préstamo al banco, porque en esto no se ahorra, y si hacen falta luces o dinero para las fallas o para las flores que le dejan a la Virgen, cada vecino aporta lo suyo».
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