28 de julio 2008 - 00:00

Admirable síntesis de la obra de Cambre

Una de las obras que alberga la muestra antológica de Juan José Cambre, una selección rigurosa de la extensa trayectoria del artista, desde sus primeras pinturas gestuales hasta unos paisajes linderos con la abstraccion.
Una de las obras que alberga la muestra antológica de Juan José Cambre, una selección rigurosa de la extensa trayectoria del artista, desde sus primeras pinturas gestuales hasta unos paisajes linderos con la abstraccion.
En la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, el artista Juan José Cambre presenta la muestra antológica «Espectadores de la laguna», que se inicia con la pincelada suelta y expresiva de la década del 80 y culmina con unos paisajes linderos a la abstracción. El carácter de la exposición es austero y a la vez escenográfico. La extensa producción del artista está abreviada en una rigurosa selección de obras, y sin embargo, al ingresar en la sala, el espacio está dominado por el esplendor ornamental de un panel conformado por 18 grandes pinturas de radiantes colores dispuestas como un solo e inmenso cuadro.

El recorrido se inicia con la pintura gestual de principios de la década del 80, que coloca a Cambre en medio de ese grupo de estupendos pintores como Kuitca, Prior, Reyna, Bueno, Avello, Rearte o Garófalo, entre otros cercanos a su estética. Pero su obra cambia abruptamente de rumbo. A fines de los 80 desaparecen la narración y los personajes, y comienza la etapa de los cuencos, motivo que señala el inicio de una pintura mental, reconcentrada en sí misma, sin más relato que la indagación visual sobre el poder expresivo de la pintura.

Con la simplicidad arcaica de su forma, los cuencos se perciben como objetos cargados de misterio, ostentan su mágica soledad en medio de la superficie de las telas. En esta etapa, la pintura de Cambre se vuelve un gesto poético y aumenta el poder de seducción estética, que más allá de deparar un enorme placer visual, remite a las cuestiones espirituales o místicas que puede incorporar el arte.

El último de los cuencos está fechado en 1999, el año en que Cambre retoma la fotografía que ya había utilizado en las primeras obras de su carrera. Con un ojo privilegiado para enfocar la belleza dondequiera que esté, el artista toma imágenes de la fronda y enramadas de los bosques que luego retroproyecta sobre las telas coloreadas, para pintar la sombra que se recorta, nítida, sobre el lienzo. Las variaciones tonales cobran protagonismo en estos retazos del paisaje, y algunas llegan al límite de la modulación monocromática. Es decir, hay unas ramas azul cobalto estampadas sobre un fondo que es apenas un tono más claro, cuyo diseño casi hay que adivinarlo. En este sentido, la obra resulta didáctica, induce a tomar conciencia de la posibilidad de aguzar los sentidos y de esforzarse para «ver», en el sentido más amplio del término. Hay, además, otros paisajes que exhiben el máximo contraste, donde las hojas de los árboles dibujan negros enjambres sobre las superficies de colores restallantes de los cuadros. Con estos recursos mínimos, un solo color homogéneo y las formas que toma de la naturaleza, Cambre transmite la sensación finalmente engañosa de estar ante un bosque plagado de reflejos y luces y colores extraordinarios.

En el marco de la exposición, en un simpático acto, Vivi Tellas, Roberto Amigo, Arturo Carrera, Valentina Liernur y Renato Rita presentaron el libro «Cambre», editado por la galería Vasari, con textos de Inés Katzenstein, Lucas Fragasso, Lucrecia Palacios Hidalgo, y diseño de Alejandro Ros. Los discursos giraron alrededor de las palabras de Cambre, que resumiendo el espíritu de su obra, dijo: «La pintura tiene un tiempo aparte, otro respecto del habitual. Produce un tiempo de crecimiento en el sentido de las expectativas o de la esperanza y, por lo tanto, es una zona de encantamiento que tiene mucho que ver con lo romántico. Por eso creo que la idea del encantamiento romántico es el eje de lo artístico».

A.M.Q.

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