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27 de abril 2026 - 15:18

Adolfo Aristarain, el legado de un cineasta que no se calló nada

Referente ineludible del cine iberoamericano, Aristarain combinó la precisión del cine clásico con una mirada política afilada. De sus inicios como ayudante de dirección en España a convertirse en el gran narrador de la ética y la resistencia.

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El reconocido cineasta falleció a sus 82 años. 

Como si una peste hubiera caído sobre la gente de cine, a las recientes muertes de Luis Brandoni y Luis Puenzo se sumó este domingo la muerte de Adolfo Aristarain, el hombre que con Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima supo esquivar a la censura y abrir el paso a un cine más libre en plena dictadura.

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Porteño de Parque Chas, criado a base de dos películas diarias en los cines de barrio, a los 18 años ya apareció como extra junto a Pino Solanas en una escena de Dar la cara, de Martínez Suárez. Era la época del “laica o libre” y les tocó hacer de estudiantes revoltosos. De inmediato fue secretario de producción en la comedia La herencia, participó en el guion de “Borges”, corto financiado por el Fondo Nacional de las Artes, se profesionalizó como segundo ayudante de dirección, y luego primer ayudante, en películas de Saraceni, Viñoly Barreto, Vieyra, Cahen Salaberry, Rodolfo Kuhn, Santillán, desde Disloque en el presidio hasta Chau, amor, con el cantante Juan Ramón, y empezó a tallar cuando entró de ayudante en “Digan lo que digan”, que el cantante Raphael, entonces casi un niño, vino a filmar en Argentina.

El director era Mario Camus, que ya había hecho dos con Raphael pero aspiraba a un cine de mayor exigencia, y así es como años después terminaría haciendo obras mayores como “La colmena” y “Los santos inocentes”. El director y el ayudante se hicieron amigos, una amistad de por vida, e impulsado por ella viajó Aristarain a España, donde fue ayudante en policiales, documentales, spaghetti westerns rodados en Almería (entre ellos “Érase una vez en el Oeste”, de Sergio Leone, que no le cayó en gracia) y con toda esa escuela volvió al país en 1974, para trabajar en “La Mary”, “Los gauchos judíos”, tres de los Superagentes, y así hasta “La fiesta de todos”, donde fue director de producción.

El esperado debut y su alianza con Federico Luppi

Sintiéndose al fin bien preparado, hizo su primera película: La parte del león, 1978, donde Julio De Grazia encuentra una bolsa de dinero, fruto de un asalto, y se la quiere quedar, pero los asaltantes tienen otra idea. Policial sin policías (solo se oyen las sirenas) y sin mayor presupuesto, pero con elenco de primera, tensión, originalidad y buena pintura de caracteres, todo al mejor estilo del cine Clase B norteamericano pero bien pintado a la argentina, “La parte del león” fue toda una sorpresa para la época.

De inmediato lo contrató la empresa Aries. Primero le encargaron dos musicales: “La playa del amor” y “La discoteca del amor”, donde ya hizo exactamente lo que quería, una comedia policial con canciones, que así resultó la mejor de las cinco de la serie “del amor”. Ahí dio el gran salto, con Tiempo de revancha, 1981, donde Federico Luppi finge un accidente de trabajo para cobrarle una buena indemnización a una poderosa empresa minera, pero la empresa trata de desenmascararlo y hasta llega a tirarle un cadáver desde un Ford Falcon para que desista. El final es impactante, una precisa parábola de lo que alguien se veía obligado a hacer en aquel tiempo para seguir viviendo. Irónicamente, la censura no advirtió nada raro en ninguna escena. A esa altura el inefable Tato, un censor con verdadero conocimiento del cine, ya estaba jubilado. Vio la película, advirtió la doble lectura, y lo aplaudió.

Últimos días de la víctima también tenía varias alusiones a la gente formada por los servicios, y no eran alusiones sino pinturas directas las referencias a otra gente, metida en la timba financiera. En este caso la censura solo advirtió una “expresión indecente”, cuando Solita Silveyra le grita “¡Cogeme!” a Federico Luppi; nunca sabremos si por deseo verdadero o para evitar que el otro la mate. Pero la escena estaba hecha de tal modo que era imposible quitar esa palabra.

Esas dos películas, ambas con Federico Luppi, colocaron al director en la cúspide del cine argentino y latinoamericano. Le llovían los premios y las ofertas. Se alejó entonces de Aries, se tomó su tiempo, y decidió hacer una miniserie en España, “Las aventuras de Pepe Carvalho”, con Eusebio Poncela en rol de investigador policial. Le siguió The Stranger, coproducción con EE. UU. que acá, de haberse estrenado, se hubiera llamado La extraña. Pero acá no se estrenó, y allá tuvo apenas una salida reducida. Un mal paso, atribuible quizás a un guion ajeno.

Cinco años tardó en recuperarse. Pero volvió con Un lugar en el mundo, tocante historia de maestros rurales enfrentados a las promesas engañosas de una corporación que amenaza instalarse en la zona. La música de Emilio Kauderer a cargo de la Camerata Bariloche fue en esta obra uno de sus más hermosos puntales. Y la película iba directo al Oscar, estaba hecha al gusto de la Academia, pero había un problemita de los productores con los dineros reclamados por el personal técnico, y en vez de arreglarlo se decidió aceptar la propuesta de unos amigos y enviar la película como si fuera uruguaya. La Academia advirtió la trampa y la posibilidad del Oscar se perdió vergonzosamente.

adolfo aristarain rodaje

Otra vez España, con una de aventuras en el siglo XIX, La ley de la frontera. Luego Martín (Hache) y Lugares comunes, todas con Luppi, donde pesan demasiado las frases sentenciosas y cierta filosofía de los personajes muy cercana a lo que Carlos Marx llamaba burlonamente “socialismo aristocrático”. Algo de eso ya había en “Un lugar en el mundo”, pero en menor dosis.

Y al fin, Roma, año 2004, una obra con suaves toques autobiográficos, donde un novelista evoca la atracción de sus años jóvenes por la aventura, la cultura, la música, y el callado sacrificio de la madre, que vende el piano para pagarle a su hijo el viaje a España. Roma se llamaba la madre. Susú Pecoraro la encarnaba, en un papel hermoso. Coguionistas, el amigo Mario Camus y Kathy Saavedra, que ya había participado en otros guiones, y había sido su diseñadora de vestuario desde “La parte del león”.

Ese fue su canto del cisne. Después algunos proyectos se frustraron a medio camino por falta de inversores, el corazón entró a fallar, vino una operación larga, bastante brava, la mediana reclusión en su casa, los homenajes, por supuesto, aquí y en otros países. A veces podía ir, o quería ir, y a veces lo reemplazaba el hijo. Ya caminaba más despacio, con zapatillas bien acolchadas, pero mantenía a la perfección la cabeza, la memoria, y el sentido del humor filoso y preciso.

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