"Agatha Christie escribía sólo novelas escapistas"

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La fama no ha mermado un ápice la afabilidad de Kazuo Ishiguro. Pocos escritores de su categoría están dispuestos a explicar tanto -y tan prolijamente- sobre las ideas que articulan sus proyectos literarios. Quizá tenga que ver con el tiempo que se toma para realizarlos.

Desde «Lo que queda del día», la novela que lo lanzó a la fama internacional, allá por 1989, sólo ha publicado 2 nuevas obras, con un intervalo de 6 años entre ellas. Hablamos sobre su último libro, «Cuando fuimos huérfanos» (Anagrama), donde un hombre que se ha convertido en el más célebre detective de Londres, en los años '30, es incapaz de resolver un enigma que lo involucra: cuando era chico, en Shanghai, sus padres desaparecieron misteriosamente, acaso secuestrados por la mafia china y relacionados con el tráfico de opio. Decidido a desentrañar ese enigma, viaja a Oriente en busca de las claves de su pasado, sin saber que ingresa en una pesadilla kafkiana.
 
Periodista: Leyendo su novela se le puede aplicar tanto la famosa acotación del poeta Rilke «la patria de una persona es su infancia» como que la infancia es una tierra extranjera.

Kazuo Ishiguro:
En Gran Bretaña hay una frase famosa, que es el título de una novela de
L.P. Hartley: «El pasado es un país extranjero». Creo que tenía en mente algo así cuando escribía. Me han interesado mucho las relaciones con esta tierra extranjera. Pienso que gran parte de lo que sucedió en nuestra infancia permanece en nuestro corazón para siempre. Estaba interesado en la visión del pasado no como tierra extraña, sino como lo que permanece con nosotros y nos aprisiona.

P.: ¿Por qué llena la novela de protagonistas huérfanos?


K.I.:
Es parte de lo que le decía. En algún momento de la vida, hemos de hacer una travesía desde esa tierra extraña, abandonar la infancia. Y con frecuencia es ese viaje, ese cambio, lo que es verdaderademente interesante. Si somos afortunados, tenemos adultos que nos guían. Algunos niños no son tan afortunados y han de hacer el viaje por sí mismos. En cualquier caso, sea más o menos dramático el paso, siempre nos acompaña. Y hay un elemento de decepción en él. Parece excitante. Pero es que cuando se es un chico te cuentan una gran mentira; nos dicen que el mundo es mucho más maravilloso de lo que es. Así que en el tránsito desde la infancia queda siempre decepción. No tenía un interés especial en reflejar el mundo de los huérfanos, sólo en mostrar la metáfora: todos nos convertimos en huérfanos viviendo en el mundo protegido de la infancia.
 
P.: Nuevamente una novela suya en la que el pasado vuelve y es negado, y esa negación provoca una crisis...

K.I.:
En todos mis libros los personajes niegan de algún modo el pasado o tienen interpretaciones muy particulares de él. La memoria es un filtro muy interesante de lo vago y lo nebuloso. Lo que alguien cuenta de sí mismo es fascinante, muestra cómo se miente, cómo no quiere saber. Y, a la vez, busca desesperadamente una resolución clara, se convierte en una especie de detective. Intenté expresar esas ideas.

P.: Vuelve a explorar el cruce de los hechos históricos y los personales. ¿No se pueden entender separadamente?


K.I.:
A veces me pregunto si eso es sólo un recurso muy conveniente para los novelistas. Mirar la vida personal y ligarla a la historia con mayúscula. Lo cierto es que los historiadores se basan en biografías de cierta gente, a veces ordinaria, y crean el arquetipo de, por ejemplo, el campesino ruso. Pero todo es mucho más complicado y en el futuro me gustaría trabajar este tema. Es muy tentador observar los paralelismos entre la gente que se esconde o niega cosas y las naciones que ocultan su pasado. Inglaterra, una nación, un imperio, con guerras, matanzas, tráfico de opio, muchas cosas para avergonzarse y esqueletos que van resurgiendo del armario. Los Estados Unidos, que durante años parecía no estar implicado nunca directamente en nada, y siempre presto al rescate de los otros, también está sufriendo una lucha terrible para descubrir cómo se inventó el país. Francia revisa ahora su colaboración con los nazis... Ya ve que es tentador...

Epoca

P.: Como en «Lo que queda del día», sitúa la novela en el período de entreguerras, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.
 

K.I.: Es una época muy atractiva para los novelistas de mi generación en Gran Bretaña.
Quizá hay un interés genuino, pero pienso que tiene que ver con haber estado viviendo, en general todos los europeos occidentales, varios decenios de vida feliz en países seguros y confortables. Todo lo negativo sucedía en otros lugares. Cuando se vive en un período tan tranquilo, el mundo que se conoce no provee de los mejores materiales para la narrativa. El escritor, en esas circunstancias, parece sentir un cierto complejo de inferioridad, no conoce rupturas, choques... Algunos, como
V.S. Naipaul, optaron por viajar geográficamente, pero muchos novelistas británicos volvieron la mirada hacia la historia para encontrar un escenario en el mismo país donde las ideas que ahora se dan por supuestas, libertad, democracia, estaban cuestionadas, en peligro.

P.: Usted eligió a un detective como protagonista, pero, ¿por qué un detective tipo Poirot?


K.I.:
Tras la Primera Guerra Mundial hubo un cambio en el tono de las historias de detectives en el Reino Unido. Los años '20 y '30 fueron un período de tremenda popularidad del género, su época dorada. Los detectives de esas novelas habitaban un mundo confortable, bien ordenado, en el que tan sólo un aspecto iba mal. Y los detectives lo solucionaban y todo volvía al orden. Muy diferente a las novelas de Arthur Conan Doyle, que son de tan sólo unos decenios antes, y en las que el mundo parece completamente oscuro. Me resultaba muy curioso que tras una experiencia como la de la Primera Guerra Mundial, tan extremadamente cruel, horrorosa, en la que una generación murió, llena de sufrimiento real, las que triunfaran fueran novelas en las que el vicario envenena a algunos parroquianos. La explicación que veo es que obras pobladas por mundos tan artificiales como las de Agatha Christie son deliberadas, son novelas escapistas, necesitaban creer que el mal podía ser vencido de una manera simple, sin traumas.
 
P.: ¿Qué lo decidió a localizar la historia en Shanghai?

K.I.:
Una razón personal. Mi padre nació allí en 1920, en el Asentamiento Internacional. Mi abuelo había llegado allí desde Japón para instalar las fábricas de Toyota, que entonces eran textiles. Hace unos siete u ocho años mi padre, a la vuelta de un viaje a Nagasaki, trajo muchas fotografías de la época que me fascinaron. Todo parecía muy de película de época, muy exótico. Y con mucho calor. Las pistolas estaban por todas partes. Los secuestros eran comunes. Había norteamericanos, japoneses, europeos, refugiados rusos, incluso un gueto judío. Era un prototipo de lo que están deviniendo nuestras ciudades hoy. Pero aquel Shanghai desapareció.

P.: Califica el extraño comportamiento de su protagonista, y su idea de que con un solo acto puede salvar al mundo, como «lógica emocional». ¿Qué significa?


K.I.:
En la realidad, para un chico, que sus padres se divorcien supone todo un colapso de su mundo. En la novela, sólo con que el protagonista encontrara a sus padres, el mundo no se rompería. Es su percepción. Crece con esa idea. Como adulto, lo confunde. Pero si bien a medida que crecemos aprendemos que los problemas que nos parecían enormes no son tales, que hay otros, eso sucede a nivel intelectual. Emocionalmente el proceso es más lento. Y mucha gente se comporta según esa lógica emocional, la de un niño. Saben que intelectualmente lo que hacen, determinados comportamientos, no son una gran idea, pero hay algo dentro que les impulsa a respetar los patrones que tenían. Y yo quería que esta historia la narrara alguien desde un punto de vista de lógica emocional, naïf, confuso.

P.: Parece que el amor, la felicidad, siguen siendo imposibles para sus protagonistas.


K.I.:
Como mucha gente en este mundo que apreciamos, políticos, artistas, el protagonista cree que tiene una misión en la vida. Y eso siempre tiene un gran costo. Significa vivir vidas muy diferentes a las comunes: consume. Pero en esta ocasión hay un personaje, Sarah, que en cierto momento se planta, y decide dejar de vivir como huérfana, dejar de buscar a los padres, y construir algo por sí misma.

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