15 de agosto 2006 - 00:00
Alvaro exhibe sus espacios estáticos
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En su nueva muestra, Jorge Alvaro vuelve a los personajes incomunicados entre sí, y en
actitudes aparentemente realistas, pero en relación desproporcionada con su entorno (arriba,
«Gran emprendimiento II»).
Alvaro acudió a la descripción de la realidad pero no como un fin sino como un medio. Realiza imágenes creíbles que pueden conectarse con -acaso el más lejano antecedente de su obra-, la nueva objetividad (Neue Sachlichkeit), surgida en la Alemania de 1925 como una reacción frente al expresionismo en decadencia. Uno de cuyos adalides el pintor y fotógrafo experimental Christian Schad (1894-1982) inventó una técnica de crear imágenes de objetos en placas fotosensibles sin utilizar una cámara. La precisión exagerada con que reproducía los objetos y las figuras proporcionaba a sus obras un aspecto casi mágico. La fascinación por el objeto en las disecciones desapasionadas o incluso los propios seres humanos convertidos, a veces, en objetos.
Alvaro se ha interesado por el estilo pictóripreciso y la agudeza psicológica de Lucien Freud (1922); así como por el planteo del espacio y el desarrollo del tiempo del cineasta alemán Wim Wenders. En obras como «Día hábil», Alvaro representa espacios cerrados, interiores aislados y acciones que parecen detenidas en el tiempo. El realismo naturalista al que remiten su alusión al racionalismo en arquitectura y su iconografía vinculada con el circo y el teatro en los años '30 y '40, es desarticulado por la atmósfera inquietante que crean sus personajes. Sus telones superpuestos como los del teatro remiten al ambiguo mundo de las obras de Max Ernst (1891-1976), con sus imágenes misteriosas o mágicamente grotescas en las que objetos de la más diversa naturaleza se mezclan sin transición alguna; lo humano con lo animal, lo animal con lo vegetal, lo orgánico con lo inorgánico. Una fantasmagoría realista en los detalles, pero totalmente creativa en su combinación de elementos dispares, su inclusión del azar y las imágenes subsconscientes.
Logra combinar la representación objetiva y la fantasía de forma singular, incluso en obras que a simple vista parecen muy claras, y sólo tras una segunda lectura nos damos cuenta de que el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, se conjugan enrareciendo el espacio.
Como los personajes del mexicano Rufino Tamayo (1899-1991), también los de Alvaro son independientes, no se mueven ni se comunican. Por ello, se ha sentido atraído por la obra del realista norteamericano Edward Hopper (1882-1967) cuyas obras aluden al aislamiento de los habitantes de la gran ciudad en estciones de servicio o de tren, bares e incluso en el cine o el teatro. Un artista con el que Alvaro coincide en el gran dominio de los efectos de luz y sombra y la calidad, pero fundamentalmente en su empatía por el destino de la gente común y su vida en una sociedad masificada.
«Desde la figuración, contenida al borde del disparate y apuntalada en la arquitectura de ciertos sueños, Alvaro se juega a trascender el mero oficio e indaga en una metafísica propia», había señalado ya en los años '80, Miguel Briante.



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