11 de septiembre 2002 - 00:00
Ameno retrato de los Bioy
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De todas maneras, «Los Bioy» no carece de valores. Su lectura es amena y aún tratándose de la mirada, algo ingenua, de quien teme ofender la memoria de sus patrones («nunca dejaré de darle gracias a Dios por el enorme privilegio que me dio de haberlos conocido y compartido sus vidas»)- brinda un apasionante y elocuente retrato sobre las relaciones entre patrones y criados. Más allá de las conocidas infidelidades de Bioy y los terrores infantiles de su esposa, lo más interesante es esa intimidad cariñosa -y terriblemente demandante-con la que van cercando a esta dulce gallega que se desvivía por ellos. En el testimonio de Jovita se cuelan datos que van construyendo, por debajo del relato principal, una enigmática trama llena de recuerdos luminosos, pero también de indisimuladas crueldades. El Olimpo de los Bioy disponía de leyes propias y estaba presidido por dos adultos-niños, en ocasiones, adorables y en otras tremendamente caprichosos. Es curiosa la delectación con que Jovita describe el ansia posesiva que fue despertando a su alrededor, no sólo en sus patrones (en un principio querían adoptarla y nunca la llevaron a Europa por temor de que se quedara en España) sino también en su tía (que le boicoteó un noviazgo) o incluso en Genca, sobrina de Silvina -y ex amante de Bioy- quien llegó a ofrecerle de regalo su amplio piso de la calle Posadas con tal de tenerla a su servicio. La convivencia con los Bioy está plagada de grandes injusticias disfrazadas de inocentes olvidos y de amplios gestos de liberalidad que revelan la voluntad sin límites y la escasa tolerancia a la frustración, al dolor y a la soledad de estos dos exponentes de una aristocracia glamorosa. En el testimonio de la más leal de sus servidoras, los defectos del «señor» y la «señora» subrayan la bondad y el espíritu de sacrificio de quien los sobreprotegió hasta el último minuto de sus vidas.




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