11 de septiembre 2002 - 00:00

Ameno retrato de los Bioy

Jovita Iglesias - Silvia Renée Arias «Los Bioy» (Bs.As., Tusquets, 2002, 186 págs.)

Quizás tenga razón el español Alvaro Pombo cuando afirma que «existe un punto de desvergüenza en el interés por las biografías». El placer de espiar en la vida de las celebridades -esos «otros» con mayúscula-sigue arrastrando cada vez más lectores hacia un género profundamente ligado a las revistas del corazón (o de «ricos y famosos» como se las denomina hoy). «Los Bioy» no defraudará a todo aquel que le interese asomarse a la vida cotidiana de una pareja de excéntricos aristócratas devenidos escritores, cuyas raras costumbres y atípicas relaciones familiares -narradas por la que fuera su empleada fiel a lo largo de medio siglo-terminan por convertirlos en curiosos personajes de ficción. Los protagonistas son Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, pero en realidad el testimonio aportado por Jovita Iglesias -en colaboración con la escritora Silvia Renée Arias («Bioy en privado», 1998)- no aporta muchas novedades a lo ya publicado sobre esos dos grandes escritores, salvo en lo que atañe a Marta (hija extramatrimonial de Bioy, a la que Silvina decidió adoptar como propia).

De todas maneras, «Los Bioy» no carece de valores. Su lectura es amena y aún tratándose de la mirada, algo ingenua, de quien teme ofender la memoria de sus patrones («nunca dejaré de darle gracias a Dios por el enorme privilegio que me dio de haberlos conocido y compartido sus vidas»)- brinda un apasionante y elocuente retrato sobre las relaciones entre patrones y criados. Más allá de las conocidas infidelidades de Bioy y los terrores infantiles de su esposa, lo más interesante es esa intimidad cariñosa -y terriblemente demandante-con la que van cercando a esta dulce gallega que se desvivía por ellos. En el testimonio de Jovita se cuelan datos que van construyendo, por debajo del relato principal, una enigmática trama llena de recuerdos luminosos, pero también de indisimuladas crueldades. El Olimpo de los Bioy disponía de leyes propias y estaba presidido por dos adultos-niños, en ocasiones, adorables y en otras tremendamente caprichosos. Es curiosa la delectación con que Jovita describe el ansia posesiva que fue despertando a su alrededor, no sólo en sus patrones (en un principio querían adoptarla y nunca la llevaron a Europa por temor de que se quedara en España) sino también en su tía (que le boicoteó un noviazgo) o incluso en Genca, sobrina de Silvina -y ex amante de Bioy- quien llegó a ofrecerle de regalo su amplio piso de la calle Posadas con tal de tenerla a su servicio. La convivencia con los Bioy está plagada de grandes injusticias disfrazadas de inocentes olvidos y de amplios gestos de liberalidad que revelan la voluntad sin límites y la escasa tolerancia a la frustración, al dolor y a la soledad de estos dos exponentes de una aristocracia glamorosa. En el testimonio de la más leal de sus servidoras, los defectos del «señor» y la «señora» subrayan la bondad y el espíritu de sacrificio de quien los sobreprotegió hasta el último minuto de sus vidas.

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