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8 de octubre 2004 - 00:00

Amores ya remanidos contados sin pasión

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Básicamente, habla acerca de una mujer que al sentirse fascinada por un seductor desconocido deja la familia y se instala en la casa del tipo, donde vive como una reina, pero donde también descubre que su rey está lleno de morbosas exigencias, impenetrables secretos, violentas reacciones, y amenazadoras alianzas. La clave está bajo candado. El detalle es en quién confiar.

Aquí la protagonista es una joven americana en Londres, y vive con un gordito amable, hasta que en un cruzacalles su mano se roza con la de un sujeto de mirada penetrante, y al rato nomás ella escapa del trabajo y sigue con los roces y penetraciones, aunque por muy poco tiempo, porque casi enseguida se casan. Todo muy lindo, una casita preciosa, pero pronto ella entra a recibir notitas intrigantes y a revolver en cajones y domicilios de anteriores novias, o cosa parecida, y él la ata sobre la mesa, sin consulta previa ni consuelo posterior, y la persigue por las calles en plena noche londinense, y la policía le dice que vuelva a casa, que eso se llama violencia consensuada y ella ya es bastante grandecita como para saber con quién se mete, pero ella entonces va y se mete justo esa misma noche con quien no debe, donde no debe, buscando porquerías en el cementerio rural, y uno hace rato que se bajó de la historia, pero igual se queda a ver cómo termina. Datos al margen. Todo empieza con música de cinta romántica de misterio y gemidos de telefilm a la medianoche, con imágenes ad hoc de dos tipos de caída, y lo más lindo es cuando la chica se quita la blusa, pero al final ella es una sádica, que se pone a confesarle sus cosas al gordito justo cuando él está lo más tranquilo mirando el partido. Bueno, pero después viene a consolarlo la mejor amiga de ella. Otro cuento viejo que algunas miran como por primera vez. Dato aun más al margen, casi al borde. El director de este producto impersonal y meramente alimenticio es

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