26 de diciembre 2006 - 00:00
Año de lucimiento de arquitectos latinos
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Sede de
«L’Humanité»
en Saint
Denis, y obra
de Oscar
Niemeyer, uno
de los hoy
numerosos
arquitectos
latinoamericanos
de
prestigio
internacional.
La presencia de América latina en la Bienal de Venecia fue encabezada, desde todo punto de vista, por el eximio arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. Nacido en Rio de Janeiro, en 1907, diplomado en 1934, las autoridades de la Bienal lo distinguieron con uno de los tres Leones de Oro por servicios prestados a la arquitectura. La mayor parte de esa exhibición giró en torno de lo que podría denominarse el paradigma de sus realizaciones arquitectónicas: los edificios de Brasilia, la capital inaugurada en 1960, donde Niemeyer trabajó a lo largo de tres décadas. Pero antes de Brasilia -cuyo plan maestro se debe a otro notable arquitecto, Lúcio Costa-, Niemeyer había dado certeras pruebas de su inventiva e inagotable capacidad de diseñador. Precisamente intervino, bajo la dirección de Costa y con Affonso Eduardo Reidy, Ernani Vasconcellos, Jorge Moreira y Carlos Leao, en el proyecto de la sede del Ministerio de Educación y Salud, en Rio de Janeiro (1936-45), que aún se insiste erróneamente en atribuir a Le Corbusier, creador admirado por esos jóvenes arquitectos brasileños y convocado por ellos como asesor pero cuyas ideas no fueron tomadas en cuenta.
El edificio, que medio siglo después, conserva intactas sus virtudes compositivas y su despojada imponencia, es casi un manifiesto del regionalismo arquitectónico latinoamericano, al que aportaron, también, el mexicano Luis Barragán (1902-88) y el venezolano Carlos Raúl Villanueva (1900-75), entre otros maestros. Pero la consagración de Niemeyer es de la década del '40, con los edificios (el Casino, el Yacht Club, la casa de Baile, la Iglesia) del nuevo barrio de Pampulha, en Belo Horizonte, donde se desprende para siempre del racionalismo para fundar, a partir de algunas premisas, una cultura arquitectónica regional, que actualiza las tradiciones brasileñas -especialmente las del período barroco-y las modalidades constructivas, rescata ciertos materiales -el azulejo, por caso-, y atiende a las condiciones climáticas y sociales. En Brasilia -donde elevó el primer edificio, el Palacio de la Alborada, en 1957, y el último, el Memorial Tancredo Neves, en 1986-, Niemeyer dio rienda suelta a su diseño, caracterizado por una absoluta libertad plástica y una resuelta pericia técnica. Porque Niemeyer es, ante todo, un asombroso creador de formas, que obtiene soluciones insólitas y de enorme belleza con su dominio de las rectas y las curvas, los llenos y los vacíos, los espacios internos y exteriores, según puede verse aún en realizaciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi (1993), un inesperado plato volador emplazado con delicadeza al borde del mar.
Niemeyer era, hasta entonces, el segundo de los arquitectos latinoamericanos laureados con el Premio Pritzker, el «Nobel de Arquitectura», según se acostumbra a llamarlo: lo obtuvo en 1988, ocho años después de Barragán. Este año lo obtuvo el singular arquitecto brasileño Méndes da Rocha.




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