Mar del Plata - Ayer, mientras Bob Rafelson hace tiempo para viajar a Jujuy, Ken Russell espera su turno de conferencias y homenajes, los jóvenes de un film experimental se ufanan de haber tenido menos deserción de la esperada, los funcionarios del Mercosur se ufanan de seguir adelante, y la sala repleta del Teatro Colón de Mar del Plata está a punto de celebrar los treinta años del clásico de Héctor Olivera «La Patagonia rebelde». Parece un festival.
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En la Perla ya están Olivera, el historiador y coguionista Osvaldo Bayer, la directora de arte María Julia Bertotto, el director de fotografía Víctor Hugo Caula, y los actores Franklin Caicedo y Jorge Rivera López. Pero faltan Héctor Alterio y Federico Luppi, que viven en España, y Pepe Soriano, absorbido por tres rodajes en Buenos Aires, un hecho bastante auspicioso, si no fuera casual.
Esta noche, en la misma sala, el homenaje será para «La tregua», con la presencia de Sergio Renán, Ana María Picchio, que además es miembro del jurado oficial del festival, y otras figuras. Parece mentira, pero en este homenaje a «La tregua» casi la pasan en video, porque recién cuando faltaban pocos días los del INCAA descubrieron que todas las copias fílmicas que existen de la película tienen sus colores lavados, o virados. Por suerte los de Aprocinain pudieron adecentar una sobre la hora.
Curiosamente, a tres cuadras y a la misma hora también se verá «La tregua», pero se trata de una versión mexicana de la misma novela, con varias escenas sicalípticas difíciles de imaginar hace treinta años. La hizo Alfonso Rosas Priego, un veterano productor del cine comercial azteca, y cabe suponer que se trajo por rara, más que por buena, que para el gusto rioplatense le cuesta serla.
Más rarezas: una versión brasileña de «La señorita Julia», rebautizada «Noche de Sao Joao», de Sergio Silva, con fotografía del argentino Rodolfo Sánchez; el esperado (por sus seguidores) «gore» de Fabian Forte «Mala carne»; el debut del coguionista de «Recursos humanos», Gilles Marchand, con una cosa totalmente distinta (el espanto «¿Quién mató a Bambi?»); y el fantástico coreano «Un cuento de dos hermanas», del ya conocido Jee-woon Kim, pero en una cuerda de «fantástico fino», según definió uno de sus fanáticos.
También, un documental tan cuidadoso como sospechoso, «Butch Cassidy en la Patagonia», del chubutense Matías Gueilburt, y otro documental, felizmente aplaudido, «Atrapados en el fin del mundo», de Eduardo Sánchez, sobre la epopeya del científico sueco Otto Nordenskjald, el alférez Sobral, y demás hombres que sobrevivieron dos años en la Antártida, de 1901 a 1903, hasta ser rescatados por la gloriosa corbeta «Uruguay», una de esas historias que hacen al orgullo nacional, pero pocos veneran (dicho sea de paso, la corbeta está anclada en Puerto Madero, y parece mentira que tan chica como es haya soportado tamaña travesía).
Rareza también, pero de otra índole, la historia de la película «El sol en botellitas». El pintor Edmund Valladares la empezó en 1985 en un pueblo de La Pampa, pero a la tercera semana de rodaje el productor se quedó sin plata y dejó a todo el equipo de seña, sin siquiera saber cómo volverse a Buenos Aires. Casi veinte años después, otro productor lo ayudó a terminarla. «La muestro como saludo a quienes me acompañaron entonces, y también porque el tema, los pueblos que van muriendo, sigue vigente», explica el artista.
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Por lo demás, éste parece el festival de los anuncios felices. Ayer se anunciaron la reinauguración de la escuela de cine documental de Santa Fe, el festival de diciembre en Pinamar, una serie de acuerdos de codistribución entre países del Mercosur y asociados, un pedido de Canal Brasil (algo así como Volver) para pasar treinta películas argentinas al año, y la aprobación de un status organizativo entre autoridades cinematográficas mercosureñas, hoy todavía en etapa enunciativa, o discursiva.
Obra de los hados, el anuncio coincidió con el 65 aniversario de Glauber Rocha, anárquico, y también discursivo cineasta latinoamericano.
Anuncios menos felices tuvieron, mientras, las mujeres de las dos películas en competencia: a una, musulmana enamorada de quien no debe, los suyos quieren cortarle la cabeza; a otra, peor todavía, la nueva patronal y los propios compañeros le hacen el vacío para que renuncie. Se trata del drama romántico «El jinete», del croata Branko Ivanda, ambientado en el S. XVII, y de «Me gusta trabajar», de Cristina Comencini con Nicoletta Braschi, la principessa de Roberto Benigni. Dos buenas competidoras, para el nivel que acá se desarrolla.
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