12 de enero 2006 - 00:00

Atrae por su belleza pero le falta emoción

Las tres actrices chinas que hacen de japonesas en «Memorias de una geisha», donde eldirector Rob Marshall («Chicago») vuelve a mostrarse como un gran puestista, aunque eneste caso, sin verosimilitud ni emoción.
Las tres actrices chinas que hacen de japonesas en «Memorias de una geisha», donde el director Rob Marshall («Chicago») vuelve a mostrarse como un gran puestista, aunque en este caso, sin verosimilitud ni emoción.
«Memorias de una geisha» (Memoires of a Geisha, EE.UU., 2005, habl. en inglés y japonés). Dir.: R. Marshall. Guión: R. Swicord y D. Wright, sobre novela de A. Golden. Int.: Z. Ziyi, G. Li, M. Yeoh, K. Watanabe.

«Chicago» mostró que el director Rob Marshall es, ante todo, un gran puestista. Adaptar la novela de Arthur Golden, «Memorias de una geisha», le dio la oportunidad de otra gran puesta y él no la desaprovechó. Su película es un dechado de refinamiento en el que cada detalle fue cuidado con la obsesión necesaria como para que el espectador pueda sentir hasta el susurro de la seda de los kimonos de las protagonistas. El problema es que toda esa obsesión (y toda la verosimilitud) se agota en la puesta, empezando por el hecho de que, pese a abordar una tradición excluyentemente japonesa, las tres actrices principales son chinas, y el resto del elenco protagónico incluye un latino, pero ni un solo japonés.

El mismo Marshall se encargó de aclarar -con asombrosa franqueza, todo hay que decirlo-, que no hay actrices japonesas con la fama internacional de Zhang Ziyi (la última diva de exportación china, que aquí interpreta a la geisha del título), Gong Li (la ex musa de Zhang Yimou) y Michelle Yeoh (protagonista de «El tigre y el dragón»). Razones de marketing, pero razones al fin. Total, son todas igualmente exóticas a los ojos occidentales (o mejor dicho, norteamericanos) y, además, salvo algún mínimo parlamento, todo el mundo en esta película habla en inglés.

La historia comienza en 1929, cuando la pequeña Chiyo y su hermana algo mayor son vendidas por su padre a unos traficantes y llevadas por la fuerza a Kioto. Como Chiyo tiene apenas 9 años, la dejan sirviendo en una casa donde reina la geisha Hatsumomo (Gong Li) mientras la hermana va a parar directamente a un prostíbulo. Al respecto, debe decirse que desde el mismo instante en que la niña entra en la casa se le explica una y otra vez -y, con ella, al espectador- la diferencia básica entre geisha y prostituta: no se acuestan con los clientes; sólo los acompañan, sirven y entretienen.

Esta primera parte es la más larga y también la más eficaz. Allí, Marshall construyó una especie de fábula infantil con mucho de la historia de Cenicienta: no sólo hay una villana «madre» (así llaman todas a la dueña de casa, vale decir, la dueña de todas sus habitantes, incluyendo a Hatsumomo), sino que la propia Hatsumomo es una suerte de hermana vengativa y perversa. También hay un príncipe (Ken Watanabe) que marcará la vida futura de Chiyo.

En la segunda parte, obligatoriamentemás corta y vertiginosa,se ve la transformación de Chiyo en la espectacular geisha Sayuri (Ziyi), por parte de una mentora que aparece como por arte de magia (Yeoh, la mejor y más creíble actuación femenina, por más que, dentro y fuera del film, todos los ojos estén puestos en la enceguecedora belleza de Zhang Ziyi), hasta que la segunda guerra mundial entra en escena, y el film termina de perder su rumbo.

Más allá de su dudosa credibilidad, el mayor pecado de
«Memorias de una geisha» es que no emociona. Y eso que todo, absolutamente, está pensado para melodrama. De modo que no hay más remedio que contentarse con la belleza de las imágenes y el pintoresquismo metido con forceps mediante una exhibición de sumo, una danza típica o las laberínticas callecitas de un Kioto idealizado como todo lo demás.

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