«Titus» (id., Italia-EE.UU., 1999; habl. en inglés). Dir.: J. Taymor. Int.: A. Hopkins, J. Lange, A. Cumming, J. Rhys-Meyers y otros.
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E n los últimos tiempos, una oleada de películas se propone revitalizar a Shakespeare bajo el poco novedoso recurso de la escenificación contemporánea o el anacronismo. «Titus», de la directora teatral norteamericana Julie Taymor, es una mezcla de ambos artilugios.
A diferencia del penoso «Romeo y Julieta» con Di Caprio, del más interesante «Hamlet» de Michael Almereyda, o del futuro «O», que traslada la historia de «Othello» a un colegio actual, Taymor ambienta «Titus» en la antigua Roma, tal como la concibió Shakespeare, pero en sus calles circulan motos, autos, hay juegos de video, y el emperador dispone de una onda de radio estatal, la SPQR News. Es decir, es un tiempo sin tiempo el de este «Titus».
En un artículo aparecido ayer se hacía referencia a las características inusuales de esta obra en el conjunto de la producción shakespeariana: «Tito Andrónico», sangrienta e inmoral, es una obra que desafió a puristas y ahora deleita a los amantes de los excesos por sus escenas de violencia sexual y física.
Sus personajes se mueven de manera irracional, y los indicios de una lógica motivada por el interés político o la simple codicia a veces quedan pulverizados por los impulsos primarios. Harold Bloom escribió que «Titus» no prefiguró futuras obras maestras como «Rey Lear» o «Coriolano», sino que es el antecedente más remoto de Antonin Artaud y su teatro de la crueldad.
La obra relata las intrigas que rodean la coronación de un nuevo emperador, el papel que juega un veterano militar victorioso (el propio Tito) en la elección, y la relación con los vencidos godos, en especial la reina Tamora. Ella y el intrigante Aarón el moro, que prepara la celada que terminará de hundir a Tito, son los únicos dos personajes que parecen actuar con la conciencia más clara, alimentados por el afán de venganza. Sin embargo, una visión basada únicamente en este móvil limitaría los propósitos de una obra concebida, en su tiempo, con el único fin de espantar y deleitar con el morbo. Eso sí, con versos sublimes.
Opera
La película (más de dos horas y media que quizás a algunos espectadores les resulten excesivas) tiene estética de musical y hasta algunos rasgos operísticos. Por momentos, recuerda una de aquellas estrafalarias puestas de «Aída» que fastidian a los melómanos y arrancan aplausos de los rupturistas. Taymor es imaginativa y a veces brillante, aunque su recreación de este Shakespeare anticonvencional, apoyado en un argumento macabro y surrealista, puede no ser del agrado de todos. Es más: el público que no haya leído la obra podría llegar a atribuirle a la propia directora algunas de sus escenas más excéntricas, pero aquí no hay nada, con excepción de las ornamentaciones contemporáneas, que no haya escrito el propio Shakespeare. Anthony Hopkins ha de haberse divertido mucho en la piel del atribulado general, mientras recitaba los alejandrinos clásicos, con el mejor acento Oxford, en medio de tanta sangre.
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