•«Lo dije en primer lugar para mí mismo», aclaro el director del INCAA, Jorge Coscia, el sentido de su frase del sábado «Este fue el festival de la austeridad, cuidemos que el próximo no sea el festival del autismo». Muchos entendieron que lo había dicho, aunque sea en segundo lugar, para los miembros de la organización que se niegan a hacer una autocrítica, ya que ciertas cosas podían mejorarse incluso sin plata. La prueba fueron las sorprendentes escenografías de Barney Finn para los homenajes oficiales y los actos de apertura y cierre, hechas prácticamente sin un peso.
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• Lo mejor del festival fueron la ganadora del Ombú de Oro (premio otorgado con toda justicia), la sátira «Bolívar soy yo», obra ingeniosa, divertida, e inteligente, donde el colombiano Jorge Alí Triana llama a la concordia en pos de mejores ideales (dicho sea de paso, el representante de México en esta coproducción es el productor argentino Andrés Tagliavini), y la obra de Istvan Szabó «Tomando parte» (mejor director, actor, y otros premios). A señalar también la mención especial, «debido a su logrado esplendor visual», de la película alemana de Jeanine Meerapfel «El verano de Ana», rodada en Grecia.
• Objetivamente, el 17° marplatense fue un festival sin mayor ánimo festivo. Ni siquiera había afiches en las vidrieras.Absorbido por sus problemas, el público de la ciudad participó menos que otras veces. Se estima que hubo unos 20.000 espectadores menos que en 2001, aunque en esto influye, también, el obligado faltazo de los estudiantes de cine. Además de eso, medio Mar del Plata esperaba ver «Danzando con los sueños», la película que filmó el año pasado, por sus calles y plazas, el iraní Mahmoud Kahlari. Taxistas, lustrines, vendedoras, todos preguntaban por esa película, hecha con la plata ganada en un festival anterior. Habría que rastrear al coproductor argentino.
• Muchas películas no llegaron, o llegaron tarde, culpa de la aduana o del «screenfee», seguro de exhibición que normalmente debe pagarse por adelantado. El INCAA pidió pagar a posteriori. Varias empresas se resignaron, otras retiraron sus películas, y una, «Wild Bunch», brazo vendedor de Canal Plus, directamente no lo cobró. Perderá plata, pero mantiene su presencia en el mercado, a la espera que éste mejore. Así lo explico Tahere Kazrai, la encargada de festivales de dicha empresa.
• Hay voluntad de ayudar. Phyllis Mollet, la inspectora enviada por la FIAPF (la federación de asociaciones de productores, que controla el nivel de los festivales) dice haber visto, «para mi sorpresa, un mejoramiento respecto a la edición 2001». Entre otras cosas, ella revisa los títulos autorizados a competir, los contratos de seguros, la cantidad de proyecciones públicas, el control de piratería, y, una vez terminado el festival, la devolución de las películas en un tiempo mínimo. No es tarea fácil. «Creen que lo paso de película en película y de cóctel en cóctel, pero también trabajo». Estuvo en Belgrado, Berlin, y Mar del plata, luego irá a Suiza, India, NuevaYork, Oporto, Shanghai, «y la segunda mitad del año es peor». ¿Cómo consiguió este trabajo? «Buena suerte. Hablo varios idiomas, me gusta viajar, encontrar gente, ver películas, y llegué en el momento justo».
• ¿Qué influencia tienen las películas? Bertrand Tavernier se ríe: «Un terrorista francés detenido por complicidad con Al-Queda, es fanático de las películas norteamericanas. Sólo ve películas norteamericanas. ¡Me lo dijo su propio abogado!» El veterano director francés no deja títere con cabeza. Celebra a Nanni Moretti, «por su lucha contra Berlusconi, tanto como por su lucha contra la imbecilidad de la izquierda», propone que los técnicos del FMI deberían ser procesados «por incitación al crimen, ya que, conscientemente, mandaron millones de dólares directo a la mafia rusa», y reclama contra la inoperancia de los políticos que dejan el poder a los técnicos. «Aquí en Argentina aprendí una nueva palabra, de aplicación universal: ineptocracia. ¡Para colmo, la frontera entre incapacidad y corrupción es tan delgada!»
• La conferencia de prensa mas emotiva fue la de «La caja negra», donde Dolores Fonzi forma familia con una viejita centenaria y un hombre con penosas dificultades motrices. Película chiquita, pudorosa, que emociona desde adentro, estuvieron presentes el hijo de la viejita («Me queda la alegría de haberla visto contenta y feliz sus últimos meses, porque siempre había querido actuar. Cuando terminó el rodaje, se fue apagando de nuevo») y el discapacitado, que arrancó aplausos («cuando me propusieron filmar, pensé que me estaban cargando. Pero nos hicimos amigos. Entonces, pensé que yo también servía para algo»). A su lado el realizador, Luis Ortega, debutante de solo 20 años, e hijo de Palito Ortega, lagrimeaba. «¿Qué clase de cine me gusta? Hay un cine que te alimenta el corazón. Otro que no. Eso es todo».
• A la première fueron, por supuesto, Ana María Picchio, Graciela Borges, y la estrella de la noche, mamá Evangelina, quien al día siguiente entregó a su hijo el premio especial que el jurado le otorgaba «por la fuerza poética y humanística de sus emocionantes imágenes y palabras». Acaso un elogio exagerado, capaz de echar a perder al chico, pero bien cabe destacar la sensibilidad y (coincidente con el festival) austeridad de la obra.
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