12 de diciembre 2002 - 00:00

Aventura para chicos que disfrutan todos

«El planeta del tesoro» (Treasure Planet, EE.UU., 2002, habl. en inglés o dobl. al español.) Dir. J.Musker & R.Clements. Dibujos animados.

La Disney, que en 1950 supo embarcar a Bobby Driscoll y Robert Newton en una de las mas recordadas versiones del clásico de Robert Louis Stevenson, «La isla del tesoro», produjo ahora una versión en dibujos animados, especialmente pensada para mayores de diez años. Los autores son John Musker y Ron Clements, los mismos de «La sirenita» y «Tarzán», que así completan una trilogía de clásicos bien respetados (respeto que faltaría, en cambio, a la divertida parodia showbinesca de «Aladino», hecha a costillas de los pobres persas). El resultado significa un claro avance de la dupla, tanto en lo técnico y artístico, como en la habilidad para «actualizar» los textos a la mentalidad actual de los chicos. Cabe la aclaración.

Versiones libres de esta novela, hay muchas, desde la muda de Chester y Sydney Franklin, acaso los primeros hermanos que dirigieron juntos en cine, allá por 1917, hasta el feliz divague de Raoul Ruiz visto recientemente en cable, e incluso, ya que estamos, podría mencionarse una vieja historieta de Roberto Fontanarrosa, bastante pícara. Si se quiere, en comparación con las nombradas la película que hoy nos ocupa es razonablemente fiel.

La trama se mantiene básicamente similar, con el agregado, claro, del gusto norteamericano por las grandes hecatombes finales y el indispensable rescate en el último minuto. Varían, en cambio, la ambientación y el planteo. Ya no se trata de un chico huérfano, que va a aprender el oficio de los hombres, sino de un adolescente rebelde que quiere compensar a su madre y superar el trauma del abandono paterno.

Todo sucede en alguno de esos lugares raros, estilo matete de cabeza preadolescente, donde se mezclan tecnologías futuristas, ropajes antiguos, y peinados modernos. Y la adaptación atiende sólo un aspecto del espíritu original, la crisis de confianza frente al padre sustituto. Pero esto sólo puede advertirlo el cada vez más escaso público que leyó el libro. Y lectores o no lectores, la película la disfrutan todos.

El relato es siempre claro y llevadero, los dibujos son excelentes, proveyendo buen entretenimiento para la gran pantalla, hay caracterizaciones muy gratas (la mejor, aunque no para los del merchandising, es una cambiante masa protoplásmica a manera de lorito del espacio), un poquito de música celta, y hasta algunos homenajes. El mas fino, bautizar a la nave como «RLS Legacy», el legado de Robert Louis Stevenson. El más circunstancial, la inclusión de una «salsa Solaris» en el menú de una posada. Detalle aparte, es que el papel del capitán, que antes hicieran Lionel Barrymore, Oliver Reed y otros duros, acá lo cumple una gata de finas botas bucaneras. Que al final se casa con un perro. La Disney es siempre la Disney.

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