«Don Quijote.» Libreto: M. Petipa. Cor.: A. Gorski. Reposición: Z. Prebil. Mús.: L. Minkus. Esc. y vest.: Prod. T. Colón (diseños de E. Bordolini). Int.: E. Tarasavo, A. Batalov y cuerpo de baile. Orquesta y Ballet Estable del Teatro Argentino de La Plata. Dir.: de orquesta: J. Logioia Orbe. (Teatro Argentino. Repite: 19, 20, 22 y 23.)
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(19-12-00) Lo mejor de esta reposición del ballet «Don Quijote», basado en la novela de Cervantes, se encontró en la pareja de bailarines prove-nientes del Teatro Kirov, sobre todo la exquisita Elvira Tara-sova (etérea, profundamente identificada con Kitri en el aspecto teatral, técnicamente intachable en su refinado academicismo y rebosante de simpatía), que resultó una «etoile» de categoría para el nuevo escenario platense.
También lo fue -aunque en un grado menor, ya que su físico no fue el ideal para el rol de Basilio-Andrei Batalov, artista del Teatro Mariinsky. Juntos en el primer acto de la obra dieron muestra de una danza segura, tersa y rotunda, aunque no totalmente virtuosa. Esto llegaría con la interpretación del Grand Pas de Deux, el momento más célebre, con que se corona la obra. Allí, cada uno en sus acrobáticas variaciones exhibieron virtudes casi exclusivas de los bailarines rusos (acérrima disciplina, rigurosidad para el estilo «Petipa», presencia anímica, brillo y rapidez en los movimientos), de los que hay mucho para aprender, en especial en nuestras alicaídas compañías clásicas.
Sólo aciertos parciales se vieron en la reposición encomendada a Zarko Prebil, un coreógrafo croata que en los '80 había repuesto su versión con el conjunto del Colón, la misma que luego se representaría en el Argentino platense mientras esperaba la inauguración de su sala. La presencia de Prebil hizo que algunos detalles de la puesta mejoraran, sobre todo algunos conjuntos del primer acto y del cuadro de los gitanos. En cambio, en el último acto se notó una desorientación y falta de homo-geneidad en el ballet estable, que por ahora conduce la uruguaya Mabel Silvera.
La compañía del Argentino exige un director de fuste, que por el momento no tiene. Hubo algunas actuaciones solistas considerables: la de María Fernanda Bianchi en la muchacha de la calle; Paola Alves en una vibrante danza gitana; Paula Elizondo en una graciosa personificación de «Amorcillo» y María Massa, excelente en su doble performance del primer acto y en el final. El Don Quijote de Walter Aón acertó en la estatura física del personaje pero no en la espiritual. Por su parte, José Luis Lozano tuvo el «physique du rol» apropiado para Sancho. El resto de la compañía, como se dijo, bailó bien algunas secuencias y, otras, en forma inaceptable. Logioia Orbe, que es un brillante director, no pudo superar la medianía de la Orquesta Estable. La escenografía y el vestuario fueron prestados por el Colón.
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