21 de agosto 2002 - 00:00

Barney Finn recrea con talento obra de Rovner

Osvaldo Santoro y Paulo Brunetti
Osvaldo Santoro y Paulo Brunetti
• «Lejana tierra mía», de E. Rovner. Dir.: O. Barney Finn. Int.: O. Santoro y P. Brunetti. (Andamio 90)

Hay algunas piezas que con leves toques regresan del tiempo y adquieren una actualidad sorprendente. Esto es lo que sucede con «Lejana tierra mía», de Eduardo Rovner, que en manos de Oscar Barney Finn (quien ideó un acertado marco espacial) levanta vuelo.

Se transforma, además, en un homenaje al arte y a los artistas que no renuncian a sus ideales, conservando, por otra parte, su carácter de símbolo de un país que aparentemente no ofrece casi esperanzas, pero por el que vale la pena luchar, destacando el amor por sus valores, tapados ahora por un manto de mediocridad y de medio, a medias ocultos tras la tela transparente que divide el escenario en dos mitades.

Una, la que está más a la vista, muestra un taller humilde en el que un pintor que casi ama el fracaso y su hijo aparentemente indiferente sostienen discusiones en las que los habituales roles se invierten, ya que el que desea exiliarse es el padre, mientras el hijo lo insta y lo convence para que continúe la lucha.

La puesta de Barney Finn muestra innumerables aciertos. Rescata la belleza sin renunciar a la modestia y muestra la persistencia de los sueños, que pertenecen a una realidad invisible, pero tan real como la que percibimos con los ojos. En el cuadro que pintan padre e hijo se conserva intacta la hermosura de un tiempo que fue y que, según la interpretación de Barney Finn y la terca esperanza de Eduardo Rovner, aún permanece esperando quien lo rescate.

• Buenos actores

Otro mérito, y no el menor, es el cuidado con el que el director ha marcado los trabajos actorales. Impecables y conmovedores. Osvaldo Santoro, como el padre, compone a un hombre culto, lleno de ternura, agradecido a las enseñanzas de su maestro, admirador de Chagall y de los grandes de la pintura, temeroso de los estragos que la edad ha hecho con su físico y que cree que ya no tiene más para dar. El afecto marca toda su interpretación, tan verídica y sencilla que adquiere las características de algo vivo, como si no hubiera un actor en escena, sino alguien a quien puede conocerse en un bar o en la calle.

Junto a él,
Paulo Brunetti, el hijo aparentemente despectivo y rebelde, compone su personaje con intensidad contenida. Un muy buen trabajo, conmovedor y convincente.

La pieza de
Rovner es gentil, sencilla y emotiva y el espectáculo llega. Esto se percibe en la atención que presta el público a todo su desarrollo y se afirma en el aplauso final.

En estos momentos en los que la desolación, la tristeza y el desánimo parecen habernos ganado a todos,
«Lejana tierra mía» es como un abrazo, como una palmada en el hombro, como una bienvenida palabra de aliento.

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